¿Apoyamos lo suficiente a las personas fuertes?

En casi todos los grupos hay alguien que sostiene. La persona que organiza, que se ocupa del familiar enfermo, que aparece cuando alguien está mal, que resuelve. Y hay una regularidad casi cómica: a esa persona nadie le pregunta cómo está. Se da por hecho que está bien, porque siempre lo está.

«Eres muy fuerte» no es un elogio inocente

Dicho una vez, es un reconocimiento. Repetido durante años, funciona como una asignación de papel. Comunica una expectativa —tú aguantas— y, sin quererlo, cierra la puerta: quien acaba de recibir ese elogio no va a decir a continuación que no puede más.

Hay una versión todavía más eficaz para dejar sola a la gente: «no sé cómo lo haces». Suena a admiración y en la práctica confirma que se espera que lo siga haciendo.

El reparto del apoyo no es equitativo, y hay una razón

Quien da apoyo recibe menos. No porque su entorno sea egoísta, sino por dos mecanismos bastante conocidos. El primero: la competencia se lee como ausencia de necesidad. Si alguien nunca pide, se concluye que no necesita, cuando lo único que se ha demostrado es que no pide.

El segundo: la difusión de responsabilidad. Cuando alguien parece rodeado de gente —y quien sostiene suele estarlo—, cada uno da por hecho que ya habrá otro pendiente. El resultado es que nadie llama.

A esto se suma algo más incómodo: ver flaquear a quien sostiene inquieta al grupo, porque obliga a reorganizarse. Muchas veces se prefiere no mirar.

Por qué la persona fuerte tampoco pide

No es solo que no le pregunten. Suele haber también un aprendizaje antiguo: en muchas de estas historias hay una infancia en la que había que ser el que no daba problemas, o una etapa en la que pedir ayuda no sirvió de nada.

Se le añade el miedo, bastante razonable, a decepcionar: si llevas quince años siendo el pilar, decir que estás roto se parece a incumplir un contrato. Y una trampa de identidad: si mi valor consiste en poder con todo, admitir que no puedo no es solo pedir ayuda, es dejar de ser quien soy.

Por eso, cuando esa persona finalmente dice algo, suele decirlo tarde y en pequeño. «Estoy un poco cansada» puede significar que lleva medio año durmiendo tres horas. Conviene tomárselo mucho más en serio de lo que suena.

Cómo se rompe por dentro

Rara vez con un derrumbe visible. Lo habitual es una erosión silenciosa: irritabilidad nueva, cinismo hacia lo que antes importaba, dejar de contar cosas, mantener el rendimiento a la perfección mientras por dentro no queda nada. Es lo que a veces se llama depresión de alto funcionamiento: la persona sigue cumpliendo, y precisamente por eso nadie sospecha nada.

Cuando el desgaste viene de sostener a otros durante mucho tiempo —un familiar dependiente, un hijo con dificultades, un equipo— tiene además su propio nombre y sus propios síntomas: agotamiento que no remonta con el descanso, distancia emocional y sensación de ineficacia. Está desarrollado en la página de psicólogos especializados en estrés.

Y si lo que se instala es un ánimo bajo continuo durante años, que la persona acaba confundiendo con su carácter, el cuadro puede ser otro: la distimia o depresión persistente, que se diagnostica tarde justo por eso.

Qué hacer si conoces a alguien así

No digas «si necesitas algo, dime». Es la frase más repetida y la menos eficaz, porque traslada todo el trabajo a quien está peor: tiene que identificar qué necesita, decidir que es legítimo pedirlo y elegir a quién. Casi nadie hace ese recorrido.

Ofrece cosas concretas. «Voy el jueves a las seis y me quedo con tu madre dos horas». «Te llevo la cena el martes». «Te recojo a los niños el viernes». Lo concreto se puede aceptar; lo abstracto, no.

Pregunta dos veces. La primera respuesta de esta gente es siempre «bien». La segunda pregunta, hecha sin prisa y sin dramatismo —«ya, ¿pero cómo estás de verdad?»— abre bastante más de lo que parece.

Pregunta cuando no hay crisis. Aparecer solo en las emergencias confirma el papel. Un mensaje un martes cualquiera vale más que estar disponible en el hospital.

Y no le devuelvas siempre la pelota emocional. Si cada conversación acaba con esa persona escuchándote a ti, no ha habido conversación.

Qué hacer si esa persona eres tú

Lo primero, un dato: nadie va a venir a relevarte por iniciativa propia, porque desde fuera pareces bien. Si esperas a que alguien se dé cuenta, la espera puede ser muy larga.

Lo segundo: pedir ayuda no requiere una crisis que lo justifique. No hace falta estar roto para tener derecho a descansar, aunque el guion interno diga lo contrario. Y ayuda empezar por lo pequeño y concreto —una tarde, un recado, una tarea— en vez de esperar a poder pedir lo grande.

Sobre cómo se dice todo esto sin pasar tres días con mala conciencia, hay dos artículos que van justo de eso: poner límites sin culpa y cómo afrontar la culpa.

Cuándo esto ya no se arregla descansando

Si el agotamiento lleva meses, si has dejado de disfrutar de cosas que antes te gustaban, si duermes mal de forma sostenida o si has empezado a beber más «para desconectar», conviene consultarlo con un profesional; en la página de psicólogos especializados en depresión está explicado qué se hace y en qué plazos.

Y si en algún momento aparece la idea de que los demás estarían mejor sin ti —una idea especialmente frecuente en quien lleva años sintiéndose responsable de todo el mundo—, eso se consulta el mismo día. El 024 atiende gratis, las veinticuatro horas, todos los días del año.

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