Ibas caminando, conduciendo o esperando en un semáforo y, de pronto, ocurrió delante de ti: un accidente de tráfico, un atropello, una persona que se desplomó en la calle y no pudo salir adelante. Tú no resultaste herido, no conocías a nadie y, al cabo de un rato, seguiste con tu día. Pero algo se quedó contigo. Desde entonces vuelven escenas sueltas, sonidos o la sensación de aquel momento. Si te pasa, no eres raro ni exagerado: presenciar algo así puede afectar mucho, aunque no hayas sido la víctima.
Ser testigo también es vivir algo difícil
Cuando pensamos en situaciones que dejan huella, solemos pensar en quien las sufre directamente. Sin embargo, la mente no distingue tanto entre «me pasó a mí» y «lo vi a pocos metros». Ver de forma inesperada que alguien resulta gravemente herido o muere activa el sistema de alarma del cuerpo con mucha intensidad: el corazón se acelera, la atención se estrecha y la memoria registra detalles de forma desordenada y muy viva.
Por eso es frecuente que, en los días siguientes, aparezcan reacciones como estas:
- Imágenes, sonidos u olores de la escena que irrumpen sin buscarlos, a veces al cerrar los ojos o al intentar dormir.
- Sobresaltos con ruidos de frenazos, sirenas o el claxon de un coche.
- Evitar el lugar donde ocurrió o la ruta que haces habitualmente.
- Dificultad para concentrarte, irritabilidad o una sensación de irrealidad, como si el día a día hubiera perdido nitidez.
- Tristeza por alguien a quien no conocías, y extrañeza por sentirla.
En la mayoría de las personas estas reacciones van perdiendo fuerza con el paso de las semanas. Son la forma en que el cerebro intenta procesar algo que le ha sorprendido sin preparación.
«No tengo derecho a estar mal»
Una de las cosas que más se repite en quien ha sido testigo es la sensación de que su malestar no está justificado. «Yo no he perdido a nadie», «la familia sí que lo está pasando mal», «no debería afectarme tanto». Este pensamiento lleva a callar lo que se siente y a no darse permiso para pedir apoyo.
El malestar no funciona por turnos ni por méritos. Que otras personas estén sufriendo más no anula lo que te pasa a ti. Puedes sentir respeto por el dolor de la familia y, a la vez, reconocer que lo que viste te ha removido. Ponerle palabras con alguien de confianza, sin necesidad de entrar en detalles que te hagan daño, suele aliviar más que guardarlo.
La culpa por no haber hecho más
Muchas personas que presencian un accidente se quedan dándole vueltas a lo que hicieron o dejaron de hacer: «tardé en reaccionar», «no sabía primeros auxilios», «me quedé paralizado», «debería haberme acercado». Esa culpa suele ser injusta, porque juzga lo que pasó con información y calma que no tenías en aquel momento.
Quedarse bloqueado ante algo inesperado es una respuesta habitual del cuerpo, no un fallo moral. Y llamar a emergencias, avisar a otros o simplemente no estorbar a quienes estaban ayudando también es hacer algo. Si notas que la culpa se instala y te acompaña cada día, puede ayudarte leer sobre la culpa del superviviente, que comparte mecanismos con lo que sienten muchos testigos.
Qué puedes hacer en los primeros días
No hay una forma correcta de atravesar esto, pero algunas pautas suelen ayudar a que el cuerpo vuelva a la calma:
- Mantén en lo posible tus rutinas: horarios de comida, sueño y trabajo dan sensación de normalidad.
- Habla de cómo te sientes con alguien de confianza, centrándote en tus emociones más que en repetir la escena.
- Evita buscar noticias, vídeos o imágenes del suceso: alimentan las imágenes intrusivas en lugar de calmarlas.
- Cuida el descanso y reduce estimulantes como el café o el alcohol, que empeoran el sueño y la activación.
- Cuando aparezca una imagen, prueba a anclarte en el presente: nota los pies en el suelo, nombra cinco cosas que ves a tu alrededor, respira despacio alargando la exhalación.
- Si evitas un lugar, no te obligues a ir de golpe, pero tampoco dejes que la evitación crezca sin límite.
Si esas escenas vuelven con mucha intensidad, como si estuvieras otra vez allí, te puede servir lo que explicamos sobre qué son los flashbacks y cómo manejarlos.
En qué se diferencia de un robo o una agresión
Cuando la amenaza se dirige contra ti, como en un atraco, el miedo suele centrarse en la propia seguridad y en volver a sentirse protegido; de eso hablamos en el artículo sobre la ansiedad tras un robo o una agresión. Cuando eres testigo, el peso suele estar en otro sitio: en las imágenes, en la impotencia, en la pregunta de por qué te afecta tanto si no te pasó a ti. Ambas experiencias pueden dejar huella, pero no siempre se trabajan igual.
Cuándo pedir ayuda profesional
Es recomendable consultar si, pasadas varias semanas, las imágenes siguen apareciendo con la misma fuerza, si duermes mal de forma continuada, si has cambiado tus rutinas para evitar todo lo que te recuerda a lo ocurrido o si notas que estás en alerta constante. También si la culpa o la tristeza ocupan gran parte de tu día. En ocasiones el cuerpo se queda atrapado en modo amenaza, algo que explicamos en el artículo sobre hipervigilancia. Un psicólogo con experiencia en trauma puede ayudarte a procesar lo vivido sin tener que revivirlo una y otra vez.
Si en algún momento sientes que no puedes más o aparecen pensamientos de hacerte daño, llama al 024 (atención a la conducta suicida, gratuito y 24 h) o al 112 en caso de urgencia.
Haber visto algo así y seguir afectado no es debilidad: es una reacción humana ante algo que no debería haber pasado. Si quieres acompañamiento para recuperar la calma, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en estrés postraumático con los que hablar online.