Psicólogo especialista en estrés postraumático

El estrés postraumático no es haber pasado por algo terrible: es lo que ocurre cuando el recuerdo de ese suceso no termina de archivarse y sigue funcionando como si el peligro estuviera presente. La mayoría de las personas que viven un suceso grave no llegan a desarrollarlo, y eso también conviene saberlo.

Qué separa una reacción normal de un estrés postraumático

Las primeras semanas después de un suceso grave casi todo el mundo duerme mal, se sobresalta con ruidos que antes no notaba, revive escenas sin quererlo y evita lo que se lo recuerda. Eso no es un trastorno: es un sistema nervioso haciendo exactamente lo que tiene que hacer después de un susto muy grande. En la mayoría de los casos va bajando solo a lo largo del primer mes.

Lo que orienta hacia un cuadro de estrés postraumático es la persistencia y la interferencia. Que pasado un mes largo la cosa no afloje, o que incluso vaya a peor; y que empiece a decidir cosas por ti: rutas que ya no tomas, conversaciones que cortas, planes que cancelas, trabajo que rindes a medias porque media cabeza está ocupada en vigilar.

Nada de esto se decide leyendo una página web. El diagnóstico se hace en consulta, hablando, y sirve para orientar el tratamiento, no para ponerte una etiqueta encima. Si estás leyendo esto a las tres semanas de algo muy duro, lo más probable es que lo que necesites no sea un diagnóstico sino descanso, gente alrededor y tiempo.

La evitación es el motor que lo mantiene

Si hay un mecanismo que explica por qué un estrés postraumático se cronifica en vez de ir cediendo, es este. Evitar funciona de maravilla a corto plazo: baja la angustia en el momento. El problema es que cada vez que evitas, tu sistema nervioso registra que tenía razón al alarmarse, que efectivamente ahí había peligro y que menos mal que te fuiste. La alarma no se desactiva nunca porque nunca llega a comprobar nada.

La evitación obvia es la de los sitios y las situaciones. La que pasa desapercibida es la otra: no hablar del tema, cambiar de conversación cuando alguien se acerca, no dejar que aparezcan las imágenes, mantenerse ocupado hasta caer rendido para no pensar, y beber para poder dormir. Todo eso cuenta, y todo eso alimenta lo mismo.

Por eso los tratamientos que funcionan van, de una manera u otra, en dirección contraria a la evitación, y por eso son exigentes. No consisten en obligarte a nada ni en soltarte de golpe delante de lo peor: se hacen por pasos acordados, a un ritmo que tú controlas, y con la angustia bajando dentro de cada paso antes de dar el siguiente.

Cómo se vive por dentro

La reexperimentación casi nunca es lo que se ve en las películas. No suele ser una escena completa proyectada delante de los ojos, sino fragmentos sensoriales que llegan sin permiso: un olor, una textura, el sonido de un frenazo, la sensación exacta que tenías en el cuerpo aquel día. Duran segundos y desaparecen, pero dejan el cuerpo activado durante horas.

Después está la hiperalerta, que es agotadora precisamente porque no se apaga: sentarte de espaldas a una puerta se vuelve incómodo, dormir profundo se vuelve difícil, y el sobresalto ante un portazo tarda muchísimo más en bajar de lo que tardaba antes. La irritabilidad que aparece encima no es carácter: es un sistema que lleva meses funcionando en modo alarma y al que ya no le queda margen.

Y hay una parte de la que se habla poco: los huecos y la culpa. Hay personas que no recuerdan tramos enteros de lo que pasó y eso les angustia más que recordarlo. Y es muy frecuente la culpa —por lo que se hizo, por lo que no se hizo, por haber salido de ahí cuando otros no—, una culpa que rara vez resiste un repaso honesto de lo que era realmente posible en aquel momento, pero que hasta que no se dice en voz alta no se puede repasar.

Qué tiene respaldo y qué está desaconsejado

Las guías clínicas coinciden bastante: lo que tiene mejor evidencia son las terapias centradas en el trauma. La terapia cognitivo-conductual focalizada en trauma, la exposición prolongada, la terapia de procesamiento cognitivo y el EMDR aparecen recomendados en las principales revisiones. No son intercambiables en el detalle, pero comparten lo esencial: acercarse al recuerdo de forma estructurada en vez de rodearlo.

Lo desaconsejado también está documentado. El debriefing en sesión única inmediatamente después del suceso, que durante años se aplicó de forma masiva, no se recomienda: los estudios no encontraron el efecto protector que se le suponía y en algunas revisiones apareció asociado a peor pronóstico. Las benzodiacepinas tampoco son un tratamiento del cuadro; alivian la ansiedad del momento y a cambio pueden interferir justo con el aprendizaje que la terapia intenta producir.

El alcohol merece mención aparte porque es lo más usado y nadie lo cuenta en consulta si no se pregunta. Funciona para dormirse, empeora la calidad del sueño, aumenta las pesadillas en la segunda mitad de la noche y añade un problema encima del que ya había. Si estás en ese punto, decirlo el primer día ahorra meses.

Cuánto dura y qué significa mejorar

Para un suceso único en la vida adulta —un accidente, un atraco, una intervención médica que salió mal—, los tratamientos centrados en trauma suelen moverse entre ocho y dieciséis sesiones. No es una promesa: es el rango en el que trabajan la mayoría de los protocolos con respaldo, y sirve para que sepas si lo que te están proponiendo tiene una forma reconocible.

Cuando lo que hay detrás es una exposición prolongada y repetida —maltrato sostenido, violencia en la infancia, años en un contexto inseguro—, el cuadro es distinto y el proceso también. Ahí el trabajo suele empezar por otro sitio: estabilidad, sueño, regulación y seguridad presente, antes de tocar nada del pasado. Cualquiera que te proponga entrar a saco en el recuerdo el primer día no está siguiendo ninguna guía.

Mejorar no significa que se borre lo que pasó ni que deje de doler recordarlo. Significa que el recuerdo pasa a comportarse como un recuerdo: puedes acercarte a él cuando decides hacerlo y soltarlo cuando decides soltarlo, en lugar de que llegue solo y se quede. La vida se despega de la vigilancia y vuelven a caber cosas que llevaban meses fuera.

Si hay riesgo ahora mismo

Si tú o alguien de tu entorno estáis en peligro inmediato, llama al 112. Para conducta suicida, el 024 atiende las 24 horas, todos los días, de forma gratuita y confidencial. Esta página no es un servicio de urgencias.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto tiempo conviene esperar antes de pedir ayuda?

Las primeras semanas la mayoría de las reacciones son esperables y suelen ir bajando solas, así que no hay prisa por poner nombre a nada. Si pasado un mes largo no afloja, si va a peor, o si en cualquier momento aparece consumo de alcohol para dormir o ideas de no querer seguir, no esperes a que se cumpla ningún plazo: eso se consulta ya.

¿Puede aparecer años después del suceso?

Sí, y es más frecuente de lo que parece. A veces el cuadro se activa cuando algo lo remueve: una noticia parecida, un aniversario, tener un hijo de la edad que tú tenías, o simplemente que se acabe una etapa muy ocupada que hacía de tapa. Que haya pasado mucho tiempo no cambia el tratamiento ni empeora el pronóstico.

¿Es lo mismo que el trauma del que habla todo el mundo?

No exactamente. «Trauma» se usa hoy para casi cualquier experiencia dura, y en sentido amplio describe la huella que deja un suceso en el sistema nervioso. El estrés postraumático es un cuadro concreto, con una forma reconocible y un tratamiento con respaldo. Se puede haber vivido algo muy traumático y no tener estrés postraumático, que es de hecho lo más habitual.

¿Funciona la terapia por videollamada para esto?

Los estudios que han comparado terapia centrada en trauma presencial y por videollamada no encuentran diferencias relevantes en resultados. Tiene además una ventaja práctica que no es menor: hacerlo desde tu casa, en un sitio donde te sientes seguro, facilita las sesiones más exigentes del proceso.