Psicólogo especialista en duelo por un ser querido

El duelo es la respuesta a la pérdida de alguien que importaba, y no es una enfermedad ni un proceso que haya que gestionar bien. La mayoría de las personas lo atraviesan con el apoyo de su entorno y sin tratamiento. Una minoría se queda atascada, y para esa minoría existe ayuda que funciona.

La mayoría de la gente no necesita terapia para un duelo

Empezamos por lo que va contra nuestro propio interés comercial, porque es lo que dice la evidencia. Las revisiones sobre intervención en duelo encuentran que, cuando se ofrece terapia de forma indiscriminada a personas en duelo normal, el beneficio medio es muy pequeño o inexistente, y en algunos estudios una parte de los participantes evolucionó peor que si no hubiera recibido nada. Donde el tratamiento sí demuestra efectos claros es en las personas con un duelo que se ha complicado.

La lectura práctica no es que la terapia no sirva, sino que no es lo primero ni es para todo el mundo. Lo que sostiene a la mayoría de la gente es lo de siempre: presencia de los suyos, tiempo, poder hablar de la persona que murió sin que nadie cambie de tema, y volver poco a poco a una rutina. Si eso está disponible y funciona, añadir un profesional no mejora el resultado.

Decirlo importa por una razón concreta: mucha gente llega a consulta creyendo que lo está haciendo mal porque sigue triste a los cuatro meses. No lo está haciendo mal. Convertir el duelo en un cuadro que hay que resolver a tiempo es una forma bastante eficaz de añadir culpa a lo que ya duele.

Cómo es de verdad: vaivén, no una escalera de fases

La idea de que el duelo avanza por etapas ordenadas hasta la aceptación no se sostiene con los datos, y sin embargo es lo único que casi todo el mundo ha oído. Lo que describen los modelos actuales es un movimiento de ida y vuelta: hay ratos en los que la pérdida ocupa todo y hay ratos en los que uno se ocupa de lo que la vida exige ahora, y esa alternancia no es evitación, es el mecanismo mismo por el que se elabora.

De ahí que el duelo venga en oleadas. Se pasan tres días razonablemente bien y al cuarto una canción en el supermercado tumba a alguien en mitad del pasillo. La gente interpreta esas recaídas como un retroceso y no lo son: la frecuencia y la duración de las olas van bajando aunque la intensidad de alguna siga siendo alta durante mucho tiempo.

Tampoco hay una forma correcta de sentirlo. Hay personas que lloran cada día y personas que apenas lloran, y ninguna de las dos cosas predice cómo va a evolucionar. Es frecuente además que aparezcan emociones que nadie espera y que dan mucha vergüenza contar: alivio, enfado con quien murió, irritación con los que consuelan. Nada de eso es una anomalía.

Cuándo sí conviene consultar

La señal no es cuánto duele, es si la vida se ha quedado detenida. Pasado un año largo desde la muerte, si el anhelo sigue siendo tan intenso que impide funcionar, si la persona ha organizado su día para evitar cualquier recordatorio o al contrario no puede hacer otra cosa que estar con los objetos del fallecido, si la identidad se ha quedado congelada en el momento de la pérdida, ahí hay algo que ya no se está moviendo solo. Es un cuadro reconocido y tiene tratamiento propio.

Hay circunstancias que aumentan la probabilidad de que ocurra y que justifican no esperar tanto: muertes repentinas o violentas, el suicidio de un allegado, la muerte de un hijo, la de alguien de quien se dependía por completo, un duelo que llega encima de otro sin margen, o la ausencia de red alrededor. Tampoco hay que esperar si aparece consumo de alcohol para dormir, si el ánimo se hunde de forma sostenida o si hay ideas de no querer seguir.

Y hay un motivo perfectamente válido que no requiere que nada esté yendo mal: no tener con quién hablar de esto. Mucha gente descubre a las pocas semanas que su entorno ha pasado página y que ya no puede nombrar a quien murió sin incomodar a nadie. Un espacio donde sí se pueda hacer tiene valor por sí mismo.

Qué hace un psicólogo con un duelo que se ha atascado

Lo que no hace: ayudarte a olvidar ni a pasar página. El objetivo no es cortar el vínculo con quien murió, sino que ese vínculo cambie de forma y deje de doler como una herida abierta. Se puede seguir teniendo presente a alguien toda la vida, hablar de él y visitarle, y estar perfectamente bien; los modelos actuales entienden esa continuidad como parte de un desenlace sano, no como algo que haya que superar.

El trabajo suele tener dos frentes. Uno es acercarse a lo que se está evitando, que a menudo es un recuerdo concreto —la habitación del hospital, la llamada, lo que se dijo o no se dijo—, porque mientras eso permanezca acorazado sigue organizando la vida alrededor. El otro es reconstruir: recuperar rutinas, relaciones y planes, incluidos los que parecían una traición al principio.

Y casi siempre hay una tercera pieza: la culpa. Por lo que no se hizo, por no haber estado, por haber sentido alivio, por seguir vivo. La culpa del duelo raramente cede porque alguien te diga que no tienes motivos; se trabaja mirándola de frente y poniéndola en el contexto de lo que era posible saber y hacer entonces.

Cuánto dura y qué esperar

El duelo no tiene un calendario y quien te dé uno se lo está inventando. Lo que sí se puede decir es que en la evolución habitual la vida se va recuperando por partes: primero el sueño y la capacidad de trabajar, después el interés por cosas, y mucho más tarde la capacidad de recordar sin que se hunda el día.

Cuando hay tratamiento porque el proceso se atascó, los protocolos con evidencia se mueven alrededor de dieciséis sesiones. Y conviene saber que las fechas señaladas —el primer aniversario, los cumpleaños, la primera Navidad— suelen doler más de lo que uno esperaba incluso cuando todo lo demás va mejor. Eso no significa volver al principio.

Si hay riesgo ahora mismo

Si tú o alguien de tu entorno estáis en peligro inmediato, llama al 112. Para conducta suicida, el 024 atiende las 24 horas, todos los días, de forma gratuita y confidencial. Esta página no es un servicio de urgencias.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto dura un duelo?

No hay un plazo y desconfía de quien te lo dé. Lo esperable es que la intensidad y la frecuencia de las oleadas vayan bajando a lo largo de meses, con recaídas en fechas señaladas que no indican retroceso. Lo que sí orienta es la función: si pasado un año largo la vida sigue detenida y el anhelo impide hacer lo demás, conviene consultar.

¿Es normal no llorar o sentir alivio?

Las dos cosas son frecuentes y ninguna dice nada malo de ti. No llorar no significa no querer a la persona ni predice peor evolución. El alivio aparece con mucha frecuencia tras una enfermedad larga o una relación difícil, y suele venir acompañado de culpa por sentirlo. Es de lo que más cuesta contar y de lo que más se oye en consulta.

¿Las cinco fases del duelo existen?

Como secuencia por la que se pasa en orden, no. El modelo original se formuló observando a personas ante su propia muerte, no en duelo, y la investigación posterior no ha encontrado esa progresión ordenada. Los modelos actuales describen un vaivén entre ocuparse de la pérdida y ocuparse de la vida que sigue. Lo contamos con más detalle en la entrada del diccionario.

¿Cuándo debo ir al psicólogo por un duelo?

No hace falta si tienes apoyo alrededor, puedes hablar de quien murió y la vida se va recolocando poco a poco. Conviene consultar si pasado un año largo sigue todo detenido, si has organizado tus días para evitar cualquier recordatorio, si el ánimo se hunde de forma sostenida, si hay consumo de alcohol para poder dormir o si aparecen ideas de no querer seguir. Tampoco esperes si la muerte fue repentina o violenta, si fue tu hijo o si estás solo en esto.