Cómo preparar la primera sesión de psicología online

Casi todas las guías sobre la primera sesión de psicología dan por hecho que el problema es no saber qué decir. Rara vez lo es. Lo que frena a la gente es la sensación de que hay una forma correcta de hacerlo y de que uno va a hacerlo mal. Este artículo va sobre eso y sobre las cuatro cosas prácticas que sí conviene tener resueltas antes de conectarte.

No tienes que llegar con nada preparado

Empecemos por lo que quita presión, que además es cierto: la primera sesión no es un examen y no la conduces tú. La lleva el profesional. Su trabajo es entender qué te pasa, desde cuándo y cómo te afecta; el tuyo, contestar con la mayor honestidad que puedas, incluso cuando la respuesta honesta sea «no lo sé».

Mucha gente llega con un guion mental muy trabajado y a los diez minutos lo ha abandonado, porque el psicólogo pregunta por sitios que el guion no cubría. Eso no es un fracaso: es cómo funciona. Un guion demasiado cerrado a veces estorba, porque te obliga a contar la versión ensayada en lugar de la real. Si te sirve para llegar más tranquilo, prepáralo, pero sabiendo que probablemente no lo uses entero.

Aunque cada profesional tiene su estilo, una primera sesión suele cubrir un terreno parecido. Saberlo de antemano hace que deje de parecer un interrogatorio y empiece a parecer lo que es: una forma ordenada de entender un problema.

Qué te trae aquí ahora. No solo qué te pasa, sino por qué has pedido cita esta semana y no hace seis meses. Casi siempre hay algo que se ha movido: un episodio concreto, alguien que te lo dijo, un límite que se cruzó. Esa respuesta orienta mucho.

Desde cuándo y con qué intensidad. Si es algo de tres semanas o de once años cambia por completo el planteamiento. Y si va a peor, a mejor o se ha quedado estancado, también.

Cómo te afecta en el día a día. Aquí se ve el tamaño real del problema: sueño, apetito, trabajo o estudios, relaciones, cosas que has dejado de hacer. Este último punto es el más revelador y el que menos se cuenta por iniciativa propia.

Qué has probado ya. Terapias anteriores, medicación si la hay, cosas que funcionaron un tiempo y cosas que no. Lo que ya has intentado ahorra meses, incluso cuando salió mal.

Qué esperas de esto. Vale perfectamente «no lo sé, solo sé que así no puedo seguir». De hecho es una de las respuestas más frecuentes.

Las tres cosas que sí merece la pena llevar pensadas

Si vas a preparar algo, que sea esto y nada más:

Una frase con lo que te pasa. Una, no diez. «Llevo meses sin dormir bien y me irrito con todo el mundo». «Rompí en marzo y no levanto cabeza». No hace falta que sea precisa ni que use términos técnicos; hace falta que sea tuya.

Una fecha aproximada. Desde cuándo. Aunque sea «más o menos desde el verano pasado».

Lo que has dejado de hacer. Es el dato que más información da y el que casi nadie aporta solo. Quedar con gente, salir a correr, cocinar, leer, coger el coche, contestar al teléfono. Si has ido recortando cosas, apúntalas antes de la sesión, porque en caliente cuesta acordarse.

Con esas tres, vas sobradamente preparado. Lo demás sale hablando.

La parte técnica, que es la que más gente descuida

En terapia online los problemas más frecuentes de la primera sesión no son emocionales: son de conexión y de intimidad. Vale la pena dedicarles cinco minutos.

Un sitio donde nadie te oiga. Es la condición que más pesa y la que más se improvisa. Si en casa no la tienes, el coche aparcado funciona sorprendentemente bien. Hablar a medias porque hay alguien al lado desactiva la sesión entera.

Auriculares. Mejoran el sonido, evitan el eco y, sobre todo, hacen que no se oiga lo que dice el psicólogo. Es el accesorio más útil de la terapia online.

Conéctate diez minutos antes. No por puntualidad, sino para comprobar cámara y micrófono sin prisa, y para llegar a la hora sin venir corriendo de otra cosa. Los cinco minutos de transición importan más de lo que parece.

Ten a mano el móvil y el correo. Si la conexión se cae —pasa—, lo normal es que el profesional te escriba enseguida. No se pierde la sesión por un corte de wifi.

Agua y pañuelos. Suena tonto. Lo agradecerás.

En Viving el enlace de la videollamada te llega cuando el profesional confirma la cita, así que lo tienes con antelación y no hay que instalar ni configurar nada el mismo día. El recorrido completo, paso a paso, está en cómo funciona Viving.

Si te bloqueas, si lloras o si no sabes por dónde empezar

Las tres cosas pasan, y las tres son información útil para el profesional, no un contratiempo.

Llorar en la primera sesión es tan común que sorprende a quien lo hace y a nadie más. Bloquearte también: hay gente que lleva años sin poner en palabras lo que le pasa. Un psicólogo con oficio no se queda esperando en silencio a que arranques; reformula, pregunta de otra manera, empieza por un sitio más fácil.

Y si en algún momento no quieres contar algo, puedes decirlo tal cual: «esto todavía no». Se respeta y se vuelve a ello cuando toque. La terapia no funciona por vaciar el archivo el primer día.

Un apunte que conviene tener claro de antemano: lo que cuentas está protegido por el secreto profesional, al que tu psicólogo está obligado por su código deontológico, y por la normativa de protección de datos. No es una cortesía; es una obligación con consecuencias.

Cómo saber, al terminar, si ese profesional es el tuyo

Que la relación con tu psicólogo funcione no es un detalle de comodidad: es uno de los factores que más se asocian a que un proceso vaya bien. Así que evaluarlo no es ser exigente, es hacer bien las cosas.

Buenas señales al salir de la primera sesión: te has sentido escuchado sin sentirte juzgado; ha entendido tu problema lo bastante como para devolvértelo con otras palabras y que encajara; te ha explicado, aunque sea a grandes rasgos, cómo propone trabajar y por qué; y no te ha prometido resultados rápidos ni te ha dado una etiqueta cerrada en cincuenta minutos.

Señales para pensárselo: has hablado tú el noventa por ciento del tiempo y no te llevas nada; te ha dado consejos genéricos de los que se leen en cualquier parte; te ha corregido cómo te sientes; o has salido con la sensación de haber informado a alguien en lugar de haber hablado con alguien.

Si tras una o dos sesiones no encaja, cambiar de profesional es una decisión normal y no hay que justificarla. Puedes mirar otras fichas de psicólogos y reservar con otra persona cuando quieras.

Qué pasa después

Lo habitual es que al final de la primera sesión, o al principio de la segunda, el profesional te devuelva una idea de por dónde va el trabajo: qué parece estar pasando, qué propone hacer y con qué frecuencia. Al principio se suele ir semanal, porque quincenal cuesta que coja tracción, y más adelante se espacia.

Nadie serio te dará un número de sesiones cerrado el primer día, pero sí una horquilla orientativa, y es razonable preguntarla: saber si se habla de dos meses o de dos años cambia cómo te organizas.

Si lo que te trae es algo con nombre bastante definido, ayuda leer antes cómo se aborda. Tenemos explicado el trabajo en ansiedad, en estrés y en rupturas, entre otras. Y si te ronda la duda de si lo tuyo «es suficiente» para ir a terapia, la respuesta práctica es que si llevas semanas pensando en pedir cita, eso ya es motivo bastante; las estrategias de afrontamiento que uno usa por su cuenta tienen un techo, y llegar a él no es un fallo personal.

Última cosa, y es la que de verdad importa: la primera sesión no compromete a nada. Es una conversación para ver si esto tiene sentido para ti, con quién y en qué dirección. No hace falta que salgas de ahí con un plan de vida. Basta con que salgas sabiendo algo que no sabías al entrar.

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