El periodismo tiene algo de oficio vocacional: contar lo que pasa, explicar lo complejo, dar voz a quien no la tiene. Pero también es una profesión que obliga a vivir pegado a la actualidad, a trabajar contra el reloj, a asomarse a menudo a lo peor que ocurre en el mundo y, en muchos casos, a hacerlo con contratos inestables. Si trabajas en una redacción, colaboras por tu cuenta o te dedicas a la comunicación informativa y notas que todo eso te está pesando, este artículo te ayuda a ponerle nombre y a pensar qué puede aliviarlo.
La inmediatez como forma de vida
En el periodismo actual la noticia no espera. Hay que publicar rápido, actualizar, estar atento a lo que dicen los demás, responder a lo que se mueve en redes. Los cierres, que antes tenían una hora más o menos fija, se han convertido en muchos casos en un estado permanente. El resultado es una sensación de alerta que no termina cuando apagas el ordenador.
Esa activación continua tiene consecuencias: dificultad para concentrarte en tareas largas, cansancio mental al final del día, problemas para dormir y la impresión de que siempre se te está escapando algo. Si el móvil del trabajo te acompaña a la cena y al sofá, puede ayudarte leer sobre la desconexión digital y los mensajes fuera de horario, porque en esta profesión el límite entre estar disponible y estar siempre conectado es muy fino.
Cubrir tragedias y lo que se queda dentro
Accidentes, catástrofes, sucesos violentos, conflictos, testimonios de víctimas. Quien hace periodismo a menudo es testigo directo o indirecto de mucho sufrimiento, ya sea en el lugar de los hechos o revisando durante horas imágenes y relatos duros desde la redacción. Se espera que lo cuentes con rigor y sin que te afecte, y muchas veces tú mismo te exiges esa distancia.
Pero la exposición repetida al dolor ajeno puede dejar huella: imágenes que vuelven sin que las busques, irritabilidad, embotamiento emocional, sensación de que el mundo es un lugar peligroso o dificultad para emocionarte por las cosas de tu vida. Este fenómeno tiene nombre y está bien descrito en el artículo sobre el trauma vicario, cuando el dolor de otros se te queda dentro. Reconocerlo no te hace peor profesional; te permite cuidarte para seguir haciendo bien tu trabajo.
En muchas redacciones aún persiste la idea de que hablar de cómo te afecta una cobertura es poco profesional. Romper ese silencio, aunque sea con una conversación breve con un compañero después de un día duro, ayuda a que lo vivido no se quede enquistado. Algunas personas encuentran útil escribir para sí mismas lo que no ha cabido en la pieza publicada: lo que vieron, lo que sintieron, lo que les removió.
Acoso en redes y exposición pública
Firmar una información supone, hoy, exponerse a la reacción del público. Parte de esa reacción es crítica legítima, pero otra parte es insulto, descalificación o acoso organizado, a veces con un tono personal o especialmente cruel. Algunas personas lo reciben de forma esporádica; otras, cada vez que tratan determinados temas.
Aunque se diga que hay que ignorarlo, leer ataques de forma repetida afecta: aparece la autocensura, el miedo a publicar ciertos temas, la tensión al abrir las notificaciones o la sensación de estar siempre a la defensiva. Algunas medidas ayudan: limitar los momentos en que lees comentarios, pedir a alguien de confianza que filtre los mensajes en épocas complicadas, silenciar sin culpa y hablarlo con tu equipo en lugar de cargarlo en solitario. Si el acoso incluye amenazas, compártelo con tu responsable y valora pedir asesoramiento.
Precariedad e incertidumbre
Muchas personas del sector encadenan contratos temporales, trabajan como colaboradoras cobrando por pieza o viven con la sensación de que la redacción puede reducirse en cualquier momento. Esa inestabilidad no solo es económica: también afecta a la identidad profesional y a la capacidad de hacer planes. Es frecuente aceptar condiciones duras porque «es lo que hay» o por miedo a quedarte fuera de un sector que se percibe como pequeño.
La vocación juega aquí un papel ambivalente. Te sostiene en los momentos difíciles, pero también puede servir para justificar horarios imposibles o sueldos que no permiten vivir con tranquilidad. Revisar qué estás dispuesto a sostener y qué no, sin culparte por ello, es una parte importante de cuidarte en esta profesión.
Desconectar de la actualidad cuando la actualidad es tu trabajo
Para la mayoría de la gente, reducir el consumo de noticias es un consejo sencillo. Para quien hace periodismo es más complicado, porque estar informado forma parte del oficio. Aun así, hay diferencia entre informarte para trabajar y quedarte enganchado a la actualidad cuando ya no lo necesitas. Si notas que sigues leyendo malas noticias de madrugada, el artículo sobre el doomscrolling y por qué cuesta tanto dejar de leer malas noticias puede darte algunas claves.
Algunas ideas que funcionan a muchas personas del sector:
- Definir un momento del día en el que dejas de seguir la actualidad, salvo que estés de guardia.
- Tener actividades que no tengan nada que ver con informar: deporte, música, cocina, naturaleza.
- Quitar las alertas informativas del móvil personal y dejarlas solo en el del trabajo, si es posible.
- Hablar con compañeros después de coberturas duras, aunque sea de manera informal.
- Cuidar el sueño como una prioridad, no como lo que queda cuando termina el día.
Si te cuesta dormir después de los cierres o de una cobertura intensa, puede ayudarte el artículo sobre el insomnio por estrés.
Cuándo pedir ayuda profesional
Conviene buscar apoyo cuando las imágenes o historias que has cubierto vuelven a tu cabeza con frecuencia, cuando notas que te has vuelto más frío o más irritable, cuando el acoso te está haciendo dudar de seguir en la profesión o cuando la incertidumbre laboral te impide descansar. También si te cuesta disfrutar de cosas que antes te gustaban o si sientes un agotamiento que no mejora con las vacaciones.
Un psicólogo puede ayudarte a procesar lo vivido en coberturas difíciles, a manejar la exposición pública, a revisar tu relación con el trabajo y a construir límites sin renunciar a tu vocación. Si quieres empezar, en Viving encontrarás psicólogos especializados en psicología del trabajo y del rendimiento que conocen bien este tipo de desgaste profesional.