Si tienes asma, sabes lo que es notar que el aire no entra como debería. Y quien lo ha vivido alguna vez de forma intensa no suele olvidarlo. A partir de ahí, muchas personas adultas con asma desarrollan algo que va más allá de la enfermedad: un miedo constante a la próxima crisis, una atención permanente a cómo respiran y una tendencia a evitar situaciones por si acaso. Este artículo no trata de cómo controlar el asma, que es tarea de tu neumólogo o de tu médico de familia, sino de cómo se vive emocionalmente y de qué hacer cuando el miedo empieza a ocupar más espacio que la propia enfermedad.
Antes de nada: la parte médica es de tu especialista
Todo lo relacionado con el tratamiento, el inhalador, los planes de acción ante una crisis o las revisiones corresponde a neumología o a atención primaria. Si notas que tu asma ha cambiado, que tienes síntomas más a menudo o que no sabes bien cómo actuar en una crisis, la primera conversación es con ellos. Y si en algún momento te falta el aire de forma intensa y no mejora, llama al 112.
Lo que sí podemos abordar desde la psicología es todo lo que el miedo construye alrededor de la respiración. Y ahí hay mucho margen para estar mejor.
Vivir pendiente de cada respiración
Después de una crisis fuerte, el cuerpo y la mente aprenden a vigilar. Es una reacción comprensible: quieren protegerte. El problema llega cuando esa vigilancia no se apaga nunca. Es lo que se conoce como hipervigilancia, y en el asma suele mostrarse así:
- Te fijas constantemente en si respiras bien, si notas el pecho apretado, si hay un pitido.
- Cualquier sensación normal (respirar más rápido al subir una cuesta, un bostezo que no termina de salir) se interpreta como el inicio de una crisis.
- Revisas varias veces que llevas el inhalador antes de salir y te angustias si no lo encuentras.
- Evitas pensar en otra cosa por miedo a que la crisis te pille desprevenido.
Llevar el inhalador encima es una recomendación sensata si así te lo han indicado. La diferencia está en si lo llevas con tranquilidad o si el hecho de llevarlo, comprobarlo y pensar en él organiza tu día entero.
¿Es asma o es ansiedad? Una confusión muy habitual
Una de las experiencias más desconcertantes para los adultos con asma es no saber distinguir entre una crisis de asma y una crisis de ansiedad. Ambas pueden traer sensación de falta de aire, opresión en el pecho, respiración rápida y miedo intenso. Además, se retroalimentan: el miedo a la crisis acelera la respiración, eso produce sensaciones incómodas en el pecho y esas sensaciones aumentan el miedo.
Aquí conviene ser muy prudente: no te corresponde a ti decidir en cada momento qué es qué, ni a este artículo darte criterios para hacerlo. Lo que sí ayuda es hablar con tu neumólogo sobre esta duda concreta, para que te explique cómo reconocer tus propias crisis y qué plan seguir. Con esa información clara, muchas personas sienten menos incertidumbre. Algo parecido ocurre con quienes dudan entre un ataque de pánico y un problema cardíaco; lo contamos en ataque de pánico o problema de corazón: cómo actuar ante la duda, y la lógica de fondo es la misma: ante la duda, primero lo médico, y después trabajar el miedo.
Evitar el ejercicio, los viajes o salir de casa
El miedo tiende a reducir el mundo. Es frecuente que las personas con asma empiecen a evitar cosas que antes hacían sin pensar:
- El ejercicio, por miedo a que el esfuerzo desencadene una crisis.
- Los viajes, sobre todo a sitios lejos de un hospital o con un clima distinto.
- Lugares concurridos o cerrados, donde imaginas que sería difícil salir o pedir ayuda.
- Reírte a carcajadas, cantar o subir escaleras deprisa.
Cada evitación alivia a corto plazo, pero a la larga confirma la idea de que esas situaciones son peligrosas y hace que el miedo crezca. Si las evitaciones se extienden mucho, pueden parecerse a la agorafobia. Lo que suele ayudar es hablar con tu especialista sobre qué actividad física es adecuada en tu caso y, con ese marco, recuperar poco a poco lo que has dejado, de forma gradual y acompañada. En nuestro artículo sobre ejercicio y salud mental hablamos de lo que el movimiento puede aportar al ánimo.
Lo que puedes hacer en el día a día
- Tener claro tu plan: saber qué hacer ante una crisis, según te haya indicado tu equipo médico, reduce mucho la sensación de descontrol.
- Diferenciar vigilancia útil y vigilancia excesiva: estar atento a tus síntomas es razonable; comprobarlos cada pocos minutos no te protege más.
- Compartirlo con alguien de confianza, para no cargar solo con el miedo y para que sepa cómo ayudarte si lo necesitas.
- No juzgarte por tener miedo. Pasaste por algo que asusta de verdad; el miedo tiene sentido, aunque ahora necesite ajustarse.
- Registrar lo que evitas durante una semana: verlo por escrito ayuda a darte cuenta de cuánto espacio ocupa.
Cuándo pedir ayuda profesional
Merece la pena consultar con un psicólogo si:
- El miedo a una crisis te acompaña la mayor parte del día, incluso cuando estás bien.
- Has dejado de hacer cosas importantes para ti: deporte, viajes, planes con amigos.
- Tienes episodios de angustia intensa y no sabes cómo manejarlos.
- Te cuesta dormir por miedo a lo que pueda pasar de noche.
- Notas que tu ánimo ha bajado y te sientes limitado o distinto a los demás.
La terapia psicológica puede ayudarte a entender cómo funciona el ciclo del miedo, a reducir la hipervigilancia y a recuperar actividades de forma progresiva, siempre en coordinación con tu tratamiento médico y sin sustituirlo. Si te reconoces en lo que has leído, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en ansiedad que trabajan online y pueden acompañarte para que el asma vuelva a ocupar solo el lugar que le corresponde.