En septiembre lo tenía clarísimo: quería apuntarse a fútbol, a música o a inglés. Ahora, a mitad de curso, llega a casa diciendo que no quiere volver. Y te asalta la duda de siempre: ¿le dejo que lo abandone o le enseño a terminar lo que empieza? Ninguna de las dos respuestas sirve para todos los casos. Lo que sí ayuda es entender qué hay detrás de ese «no quiero ir», porque no es lo mismo aburrimiento que miedo, ni cansancio que un conflicto con un compañero o con el entrenador. En este artículo te proponemos cómo averiguarlo, cómo llegar a un compromiso razonable y en qué casos conviene mirar más a fondo.
Constancia u obligación: un falso dilema
Muchas familias quieren que sus hijos aprendan a no rendirse a la primera dificultad, y es un objetivo valioso. Pero la constancia no se enseña solo obligando a seguir en todo. También se aprende viendo que los compromisos se cumplen con sentido, que las decisiones se piensan y que los adultos escuchan.
Obligar sin escuchar puede enseñar que lo que siente no importa; dejarle abandonar al primer mal día puede enseñar que cualquier incomodidad es motivo para irse. Entre ambos extremos hay mucho margen. La pregunta útil no es tanto «¿le obligo o no?», sino «¿qué le está pasando y qué necesita aprender aquí?».
Entender el motivo: preguntas que ayudan
Antes de decidir, intenta averiguar qué hay detrás. Mejor en un momento tranquilo que justo al salir del entrenamiento, y con preguntas abiertas:
- «¿Qué es lo que menos te gusta ahora?»
- «¿Hubo algo que cambió en algún momento?»
- «Si pudieras cambiar una cosa de la actividad, ¿cuál sería?»
- «¿Hay algo que echas de menos hacer en ese rato?»
Los motivos más frecuentes suelen ser estos:
- Aburrimiento o expectativas distintas: imaginaba que en música tocaría canciones desde el primer día y se encuentra con ejercicios repetitivos.
- Dificultad: le cuesta más que a otros y se siente torpe. Aquí puede haber algo de baja tolerancia a la frustración, y abandonar sería evitar ese malestar.
- Conflicto con compañeros: burlas, sentirse fuera del grupo, alguien que le hace la vida difícil.
- El adulto a cargo: un entrenador que grita, un profesor muy exigente o que le deja siempre en el banquillo.
- Cansancio: demasiadas horas, poco tiempo libre, horarios que chocan con el descanso.
- Otros intereses: ha descubierto algo que le atrae más.
Lo que pesa la agenda
A veces el problema no es esa actividad en concreto, sino la suma de todas. Si tu hijo pasa la semana de una clase a otra, el «no quiero ir» puede ser una forma de pedir tiempo para jugar, aburrirse o simplemente descansar. En el artículo sobre demasiadas extraescolares y estrés infantil profundizamos en cómo revisar la agenda familiar. Aquí nos centramos en otra pregunta: qué hacer con una actividad concreta que quiere dejar a mitad de camino.
Cómo llegar a un compromiso razonable
Una vez entiendes el motivo, podéis buscar juntos una salida. Algunas opciones que suelen funcionar:
- Acordar un plazo: «Vamos a seguir hasta final de trimestre (o de curso) y luego decidimos». Le enseña a cumplir el compromiso adquirido sin convertirlo en una condena indefinida.
- Probar un cambio antes de dejarlo: otro grupo, otro horario, otro nivel o hablar con el entrenador o el profesor.
- Ponerle palabras al compromiso con el equipo: en los deportes de grupo, dejarlo a mitad de temporada afecta a otros; es una buena ocasión para hablar de responsabilidad, sin culpabilizarle.
- Valorar el coste real: si la actividad le hace sufrir de verdad, mantenerla «por principios» puede tener un precio emocional más alto que el aprendizaje que se busca.
- Pensar en el siguiente paso: si lo deja, ¿qué hará con ese tiempo?, ¿quiere probar otra cosa más adelante?
Implicarle en la decisión, según su edad, le ayuda a sentirse escuchado y a aprender a decidir. Y, pase lo que pase, conviene que dejarlo no se viva como un fracaso personal.
Cuando la presión viene de los adultos
Merece la pena preguntarse con honestidad si esa actividad es más importante para ti que para tu hijo. Es fácil proyectar en los hijos ilusiones propias: el deporte que te habría gustado practicar, el instrumento que dejaste. Si notas que te cuesta aceptar que lo deje, o que en los partidos vives cada jugada con mucha tensión, puede servirte leer sobre los padres que presionan en el deporte infantil. Y si el problema aparece sobre todo cuando pierde o se equivoca, quizá te ayude el artículo sobre niños que no saben perder.
Señales de que puede haber algo más
En la mayoría de los casos, querer dejar una actividad es algo normal y pasajero. Conviene mirar con más atención si:
- El rechazo es brusco y muy intenso, con llanto, dolores de tripa o de cabeza antes de ir.
- Cuenta, o deja entrever, que alguien le trata mal: compañeros que se burlan o un adulto que le humilla.
- Quiere dejar no solo esa actividad, sino todo lo que antes le gustaba.
- Está más triste, irritable o aislado de lo habitual en otros ámbitos.
Si hay indicios de burlas o exclusión, es importante investigarlo y hablar con los responsables de la actividad.
Cuándo puede ayudaros un psicólogo
Si las dudas sobre las actividades esconden miedo intenso al error, ansiedad, problemas con los iguales o una pérdida general de interés, un psicólogo infantil puede ayudaros a entender qué le pasa a vuestro hijo y a acompañarle mejor. También puede orientaros a vosotros si en casa hay desacuerdos sobre cuánto exigir.
En Viving tienes psicólogos de psicología infantil y juvenil que atienden online a niños, adolescentes y familias.