Investigadores y científicos: precariedad, convocatorias y presión por publicar

Un reloj de arena con estructura de madera y columnas doradas, con la arena rosa casi toda caída en la parte inferior, sobre un fondo claro
Cuando cada contrato tiene fecha de caducidad, es fácil vivir pendiente de cuánto tiempo queda.

Terminaste la tesis, defendiste, celebraste… y al poco tiempo te diste cuenta de que lo difícil no había hecho más que empezar. Contratos de uno o dos años, una convocatoria detrás de otra, la presión por publicar en las revistas adecuadas, la posibilidad de tener que irte a otro país y la sensación de que tu vida está siempre en pausa hasta «estabilizarte». Si te dedicas a la investigación, sabes que la vocación es enorme, pero también que el camino desgasta. Este artículo habla de ese desgaste y de cómo cuidarte mientras lo recorres.

Después del doctorado: cuando la presión cambia de forma

Durante la tesis, la presión suele girar en torno a terminar: el director, los plazos, la soledad de un proyecto propio. Sobre esa etapa hablamos en el artículo sobre doctorado y salud mental. Después, el peso se desplaza. Ya no se trata solo de acabar algo, sino de demostrar continuamente que mereces seguir.

En esta etapa es frecuente sentir que tu valor profesional se mide en una lista de méritos: artículos, citas, proyectos, estancias. Y como esa lista nunca está completa, la sensación de no estar a la altura puede acompañarte incluso cuando las cosas van bien.

Contratos encadenados y una vida que no termina de arrancar

Uno de los aspectos que más pesa es la temporalidad. Cuando tu contrato tiene fecha de fin, es difícil planificar: alquilar una casa con calma, decidir si tener hijos, comprometerte con una ciudad o con una pareja. Muchas personas investigadoras describen la sensación de vivir «en provisional» durante años.

Esa incertidumbre sostenida activa el estrés de forma casi permanente. Cada final de contrato reabre preguntas que creías resueltas: ¿sigo?, ¿me voy?, ¿lo dejo? Y como la respuesta depende muchas veces de factores que no controlas, es fácil caer en la rumiación: darle vueltas una y otra vez a escenarios futuros sin llegar a ninguna conclusión.

A esto se suma la preparación de convocatorias y solicitudes, que exige semanas de trabajo extra con un resultado muy incierto. Dedicar tanto esfuerzo a algo que puede no salir, una y otra vez, desgasta la motivación. No es raro que, tras varios intentos fallidos, aparezca la tentación de pensar que el problema eres tú, cuando muchas veces tiene más que ver con un sistema muy competitivo y con pocas plazas para muchas personas valiosas.

Publicar o desaparecer: la presión por producir

En investigación, el trabajo hecho no siempre cuenta hasta que se publica. Eso genera una presión constante por producir resultados, enviar manuscritos y responder a revisiones que a veces tardan meses y llegan con críticas duras. Un rechazo puede sentirse como un juicio sobre ti, no sobre un texto concreto.

Esta dinámica favorece el perfeccionismo y la dificultad para desconectar. Muchas personas trabajan por las noches, los fines de semana y en vacaciones, no porque se lo exija nadie de forma explícita, sino porque sienten que, si paran, se quedarán atrás. Con el tiempo, el trabajo puede ocuparlo casi todo, y el descanso empieza a vivirse con culpa.

Comparación constante y sensación de impostor

El mundo académico es pequeño y muy visible: sabes quién ha conseguido qué proyecto, quién ha publicado dónde y quién ha logrado una plaza. Compararte con colegas es casi inevitable, y suele hacerse con lo mejor de los demás frente a tus propias dudas.

No es raro que personas con trayectorias sólidas sientan que han llegado hasta ahí por suerte y que en cualquier momento alguien descubrirá que no son tan buenas. Si te reconoces en esto, puede interesarte el artículo sobre el síndrome del impostor. Ponerle nombre ayuda a no confundir esa voz interna con una evaluación objetiva de tu trabajo.

Irse fuera: oportunidad y desarraigo

Para muchas personas, la carrera investigadora incluye estancias o etapas largas en otros países. Pueden ser experiencias muy enriquecedoras, pero también implican dejar atrás familia, amistades y referencias, empezar de cero en otro idioma y, a veces, sentirte de paso en todas partes.

Si estás pensando en marcharte o acabas de llegar a una ciudad nueva, puede ayudarte leer sobre cómo adaptarte a otra ciudad sin sentirte solo. Y si ya llevas un tiempo fuera, también es legítimo plantearte volver, aunque eso suponga cambiar de planes.

Qué puede ayudarte a sostenerte

  • Separar tu valor de tu currículum. Tus méritos dicen algo de tu trabajo, no de quién eres. Cultivar relaciones y aficiones fuera de la investigación te recuerda que tienes más dimensiones.
  • Poner límites al horario. No siempre es posible, pero reservar algunos momentos sin trabajo, de forma protegida, reduce el desgaste a largo plazo.
  • Hablar con colegas de tu misma etapa. Compartir dudas con otras personas en situación parecida suele aliviar la sensación de que solo a ti te cuesta.
  • Tener un plan B sin que sea un fracaso. Pensar en otras salidas profesionales no significa rendirte; muchas veces da tranquilidad para seguir eligiendo con libertad.
  • Cuidar lo básico. Dormir, comer con cierta regularidad, moverte. Parece obvio, pero es lo primero que se sacrifica en épocas de entregas.

Cuándo pedir ayuda profesional

Conviene consultar si notas que la ansiedad o la tristeza duran semanas, si duermes mal de forma habitual, si has perdido el interés por un trabajo que antes te apasionaba, si cada rechazo te hunde durante días o si te descubres pensando que nada de lo que hagas será suficiente. También si la decisión de seguir o dejar la investigación te tiene bloqueado y no consigues pensar con claridad.

Un psicólogo puede ayudarte a manejar la incertidumbre, a reducir la autoexigencia, a tomar decisiones de carrera desde un lugar más sereno y a recuperar el sentido de lo que haces sin que te cueste la salud. Si tu agenda o los cambios de país te lo ponen difícil, la terapia online permite mantener el mismo profesional aunque te mudes.

Investigar es, en el fondo, convivir con preguntas abiertas. No hace falta que tu vida también lo sea todo el tiempo sin apoyo. Si sientes que la presión te está pasando factura, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en estrés que te acompañen en este camino.

Preguntas frecuentes

¿Por qué la carrera investigadora genera tanta ansiedad?

Combina temporalidad, competencia por recursos limitados, evaluación constante del trabajo y, a menudo, cambios de país. Esa incertidumbre sostenida mantiene el estrés activo durante años.

¿Es normal sentirme un impostor aunque publique y consiga proyectos?

Es muy frecuente en entornos tan competitivos. Ponerle nombre ayuda a no confundir esa voz interna con una valoración objetiva de tu trabajo.

¿Pensar en dejar la investigación es un fracaso?

No. Valorar otras salidas profesionales es una decisión legítima y, a veces, da tranquilidad para seguir eligiendo con más libertad.

¿Cuándo conviene consultar con un psicólogo?

Si la ansiedad o la tristeza duran semanas, cada rechazo te hunde durante días, duermes mal o te sientes bloqueado ante decisiones de carrera, puede ayudarte hablarlo con un profesional.

Psicólogos que trabajan estrés

Sesiones online, sin lista de espera. Entra en su ficha para ver tarifas, enfoque y disponibilidad.

Ver todos los psicólogos especializados en estrés →

Seguir leyendo