Vives en una casa que no es la tuya, cuidas de una persona mayor o de una familia entera, y tu jornada no termina del todo nunca: siempre puede sonar un timbre, una llamada o una petición a deshoras. Muchas mujeres que trabajan como internas, cuidadoras o empleadas del hogar llegaron desde otros países con la idea de ayudar a los suyos, y sostienen con su trabajo a dos familias a la vez: la que cuidan aquí y la que dejaron allí. Detrás de esa labor, tan necesaria y tan poco visible, suele haber mucha soledad y un desgaste del que rara vez se habla. Este artículo quiere ponerle palabras y ofrecer algunas ideas para cuidarte.
Vivir en casa ajena: cuando el trabajo y la vida se mezclan
Trabajar de interna tiene una particularidad que lo hace distinto de casi cualquier otro empleo: el lugar de trabajo es también el lugar donde duermes, comes y descansas. Eso hace muy difícil desconectar. No hay trayecto de vuelta a casa que marque el final del día, ni una puerta que cierres para estar contigo.
Muchas mujeres describen la sensación de estar siempre disponibles, de no tener un horario claro o de que el tiempo libre se interrumpe con facilidad. También es frecuente sentir que no puedes ser tú del todo: cuidas lo que dices, cómo te mueves, a qué hora te duchas o si hablas por teléfono. Vivir con esa vigilancia, aunque sea suave, cansa mucho.
Si estás en esta situación, no eres exagerada por sentirte agotada aunque «solo» estés en casa. El cansancio de estar siempre pendiente es real, y se nota en el cuerpo y en el ánimo.
La soledad de estar rodeada de gente
Puede parecer extraño hablar de soledad cuando convives con una familia o pasas el día junto a la persona que cuidas. Pero estar acompañada no es lo mismo que sentirte acompañada. Muchas internas pasan semanas sin tener una conversación de igual a igual, sin que nadie les pregunte cómo están o qué necesitan.
Los días libres, cuando los hay, a veces son pocos y cortos, y no siempre hay a dónde ir ni con quién quedar. La red de amistades se construye despacio, y el idioma, el cansancio o la distancia lo complican. Esta experiencia tiene mucho que ver con lo que se describe en el artículo sobre sentirse sola rodeada de gente.
La familia lejos y el duelo migratorio
Muchas trabajadoras del hogar tienen hijos, padres o pareja en su país. Las videollamadas ayudan, pero también duelen: ver crecer a tus hijos a través de una pantalla, perderte cumpleaños, enterarte de una enfermedad sin poder estar. A eso se suma la culpa por no estar y, a veces, la presión de que todos esperan que envíes dinero y que estés bien.
Todo esto forma parte de lo que se conoce como duelo migratorio: la pérdida de la tierra, la lengua, las costumbres, los olores, el lugar que ocupabas allí. No es un duelo que se cierre de una vez, sino que vuelve en fechas señaladas o en momentos de cansancio. Si te reconoces en esto, te puede ayudar leer más sobre el duelo migratorio y la vida que dejaste atrás.
El vínculo con la persona que cuidas
Cuidar a alguien durante mucho tiempo crea un vínculo. Muchas cuidadoras sienten un cariño sincero por la persona mayor a la que atienden, y viceversa. Ese vínculo da sentido al trabajo, pero también puede traer dolor: ver su deterioro, soportar su mal humor en días difíciles o enfrentarte a su muerte, que a menudo supone a la vez una pérdida afectiva y quedarte sin casa y sin empleo de un día para otro.
También puede haber tensiones con la familia de la persona cuidada: expectativas que no se dicen, desacuerdos sobre cómo cuidar o la sensación de que nadie valora lo que haces. Tienes derecho a sentir tristeza, cansancio o enfado, aunque quieras a esa persona. Muchas de estas emociones las comparten también los familiares cuidadores, como se explica en el artículo sobre la sobrecarga del cuidador.
Pequeñas formas de cuidarte en el día a día
No siempre puedes cambiar las condiciones, pero sí puedes buscar espacios que te protejan:
- Un rincón y un momento solo para ti: aunque sea un rato al final del día, con tu música, una oración, una llamada o un paseo.
- Hablar en tu idioma: con amigas, con tu familia o con otras mujeres en tu misma situación. Expresarte en tu lengua alivia de una forma especial.
- Buscar comunidad: asociaciones de trabajadoras del hogar, grupos de personas de tu país, parroquias, centros culturales o entidades que acompañan a personas migrantes pueden ser un lugar de encuentro y de apoyo.
- Expresar lo que necesitas: si puedes, habla con la familia sobre los descansos, los horarios o lo que te pesa. Hacerlo con calma y en un buen momento facilita que te escuchen.
- Cuidar tu salud: acudir a tu centro de salud si duermes mal, tienes dolores o te notas muy decaída. Tu cuerpo también trabaja mucho.
Cuándo pedir ayuda profesional
Merece la pena buscar apoyo psicológico si llevas tiempo sintiéndote triste o sin fuerzas, si lloras a menudo, si duermes mal, si notas mucha ansiedad o si sientes que ya no puedes más. También si la muerte de una persona a la que cuidabas te ha dejado un vacío difícil de llevar, o si la distancia con tu familia se ha vuelto insoportable.
Pedir ayuda no es un lujo ni una debilidad. Además, puedes hacerlo en tu propio idioma: hablar de lo que sientes en tu lengua materna suele ser más fácil y más profundo. Puedes leer más sobre por qué importa la terapia en tu idioma materno. La terapia online también permite encajar las sesiones en tus horarios o en tu día libre, desde el móvil.
Si en algún momento sientes que no puedes más o aparecen pensamientos de hacerte daño, llama al 024 (atención a la conducta suicida, gratuito y 24 h) o al 112 en caso de urgencia.
Tu trabajo sostiene muchas vidas, y la tuya también merece cuidado. Si sientes que el cansancio te está desbordando, en Viving puedes hablar con psicólogos especializados en estrés que te escuchen sin juzgarte.