Validación vs Invalidación

Hay una escena que se repite en todas las casas. Alguien cuenta algo que le está haciendo daño y quien escucha, con la mejor intención del mundo, responde algo que hace que el otro se calle. No por maldad: por prisa por arreglarlo. La diferencia entre validar e invalidar es probablemente la habilidad relacional con más impacto y la que menos se enseña.

Validar no es dar la razón

Este es el malentendido de partida. Validar no significa estar de acuerdo, ni aprobar la conducta, ni decir que la interpretación de la otra persona es correcta. Significa reconocer que lo que siente tiene sentido dado de dónde viene y qué está viviendo.

Se puede validar a alguien cuya conclusión te parece equivocada. «Entiendo que después de lo del año pasado te pongas en lo peor» valida sin comprarse el pronóstico. Y se puede validar a alguien mientras se le dice que no vas a hacer lo que pide: validar la emoción y sostener el límite son perfectamente compatibles, aunque casi todo el mundo los vive como opuestos.

Las invalidaciones más comunes, y por qué duelen

«No es para tanto». Traducción para quien la recibe: lo que sientes es un error de cálculo. La persona no deja de sentirlo, deja de contarlo.

«Por lo menos…». Es la más frecuente y la más dañina, precisamente porque suena a consuelo. «Por lo menos tienes trabajo», «por lo menos fue rápido», «por lo menos tienes otros hijos». Todas dicen lo mismo: no tienes derecho a estar mal porque podría ser peor. Y siempre puede ser peor, así que nadie tendría nunca derecho a estar mal.

«Piensa en positivo». Convierte el malestar en una responsabilidad personal: si sigues mal, es que no te esfuerzas lo suficiente. Añade culpa a lo que ya había.

«Yo también, cuando a mí…». La comparación bienintencionada que traslada el foco. A veces conecta, pero si llega antes de que el otro haya terminado de hablar, lo que hace es cambiar de protagonista.

La solución inmediata. «¿Y por qué no…?» dicho en el minuto dos. Casi nunca es lo que la persona necesita, y transmite algo que no se pretendía: que su problema es sencillo y que no ha pensado en lo obvio.

El impulso de arreglarlo

Detrás de casi todas las invalidaciones no hay desinterés: hay incomodidad. Ver sufrir a alguien que nos importa activa la necesidad de que deje de sufrir cuanto antes, y las frases de arriba son intentos rápidos de apagar el fuego. El problema es que apagan la conversación, no el malestar.

Ayuda mucho una idea sencilla: casi nadie cuenta un problema para que se lo resuelvan. Lo cuenta para no estar solo dentro de él. Cuando de verdad quiere soluciones, las pide, y se nota.

Qué decir en su lugar

La validación tiene grados, y los más simples ya funcionan. Estar presente y escuchar sin mirar el móvil ya es validar. Repetir lo que has entendido —«o sea que llevas dos meses con esto y no se lo has dicho a nadie»— valida más de lo que parece, porque demuestra que estabas escuchando de verdad.

Y el nivel que más cambia las cosas es nombrar por qué tiene sentido: «claro que estás agotada, llevas seis meses haciendo el trabajo de dos personas». Ahí la persona deja de sentirse rara por sentir lo que siente, que es la mitad del alivio.

Frases que casi siempre sirven: «vaya, eso suena duro»; «tiene sentido que te sientas así»; «no sé qué decirte, pero aquí estoy»; «¿quieres que te ayude a pensarlo o prefieres que te escuche?». La última evita el error más común de todos, porque pregunta en vez de suponer.

Validar no es aprobarlo todo

Hay un límite que conviene tener claro. Validar la emoción no obliga a validar la conducta: se puede entender perfectamente la rabia de alguien y decirle que la forma en que la ha expresado no está bien. También hay que evitar la validación falsa, esa que consiste en dar la razón a todo para evitar el conflicto; se nota, y a medio plazo destruye la confianza más que una discusión honesta.

Y en algunas situaciones lo que toca no es acompañar sin más. Si la persona está en riesgo —consumo que se ha ido de las manos, una relación con violencia, ideas de no querer seguir viva— escuchar es el primer paso, pero no el único. El 024 atiende gratis las veinticuatro horas y también se puede llamar para preguntar qué hacer con alguien de tu entorno.

Cuando quien invalida eres tú contigo

Casi todo lo anterior se aplica hacia dentro, y ahí es donde más gente lo tiene instalado. «No debería estar así por esto», «hay gente que está mucho peor», «llevo demasiado tiempo con lo mismo». Es exactamente el mismo mecanismo, aplicado por uno mismo y sin descanso, y funciona igual de mal: no reduce el malestar, solo añade la sensación de estar fallando también en esto.

Un buen indicador es preguntarse si le dirías eso mismo a un amigo en tu situación. Normalmente la respuesta es que no, y con bastante diferencia.

Cuando la escucha no basta

Acompañar bien es muchísimo, y tiene un techo. Si lo que hay es tristeza persistente que no remonta, pérdida de interés por casi todo y cansancio que no se arregla durmiendo, entonces lo que hace falta es tratamiento y no solo compañía: está explicado en la página de psicólogos especializados en depresión. Si lo que hay detrás es una pérdida reciente, el terreno es el del duelo, donde acompañar tiene sus propias reglas.

Y si quien siempre escucha eres tú, merece la pena leer esto sobre las personas a las que nadie pregunta cómo están, y también cómo se sostiene la disponibilidad sin acabar vacío, en el artículo sobre poner límites sin culpa.

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