Mucha gente imagina la veterinaria como una profesión amable: cachorros, revisiones, animales que se recuperan. Y algo de eso hay. Pero quien trabaja en una clínica, un hospital veterinario o en el campo sabe que el día a día incluye también decisiones de vida o muerte, conversaciones muy difíciles con familias angustiadas, guardias agotadoras y una exigencia técnica enorme. Si eres veterinaria, veterinario, auxiliar o técnico y sientes que el peso de cuidar animales te está afectando, este artículo es para ti.
Cuidar a quien no puede hablar
En veterinaria trabajas con pacientes que no pueden explicar lo que les pasa y con familias que dependen de tu criterio para entenderlo. Esa doble responsabilidad es exigente: interpretar señales, decidir con información incompleta y, a la vez, traducir todo eso a personas preocupadas que a veces no pueden asumir lo que oyen.
Además, la relación con los animales es para muchas familias tan intensa como con cualquier miembro de la casa. Eso significa que tu trabajo toca lo emocional de lleno. Cuando un tratamiento sale bien, la gratitud es enorme. Cuando no, recibes también una parte importante del dolor.
Decidir sobre la eutanasia
Pocas profesiones conviven tan a menudo con la decisión de terminar una vida para evitar un sufrimiento mayor. Acompañar una eutanasia exige delicadeza, técnica y presencia emocional, y no siempre hay tiempo para recuperarse antes de atender al siguiente paciente, que quizá sea una consulta rutinaria con una familia alegre.
Estas situaciones pueden generar emociones contradictorias: alivio por haber evitado sufrimiento, tristeza, dudas sobre si se podría haber hecho algo más, o malestar cuando la decisión se toma por motivos con los que no estás de acuerdo, como los económicos. Ese choque entre lo que crees que sería mejor para el animal y lo que finalmente se hace se vive a veces como una herida moral, y conviene poder hablar de ello en lugar de tragarlo. Entender cómo viven las familias la pérdida, algo que tratamos en el artículo sobre el duelo por una mascota, también ayuda a acompañarlas sin cargar con todo su dolor.
A veces lo que más pesa no es una eutanasia concreta, sino la acumulación: muchas despedidas en poco tiempo, sin espacio para elaborarlas. Ese duelo silencioso de quien acompaña tantas pérdidas rara vez se reconoce, ni siquiera por la propia persona, que siente que no tiene derecho a estar triste por un paciente que no era suyo. Darte permiso para sentirlo es el primer paso para que no se convierta en un peso que se arrastra durante años.
Familias angustiadas y, a veces, agresivas
La preocupación por un animal querido puede convertirse en exigencia, desconfianza o incluso hostilidad. Reproches por los costes, acusaciones de no haber hecho lo suficiente, comentarios en internet, presiones para que hagas algo que no consideras adecuado. Aunque sepas que muchas veces es el miedo el que habla, recibir ese trato de forma repetida desgasta y puede hacer que dudes de tu valía profesional.
Algunas cosas ayudan: tener protocolos claros para comunicar malas noticias y hablar de presupuestos, apoyarte en el equipo cuando una conversación se tuerce, no responder en caliente a críticas en redes y recordar que tu responsabilidad es actuar con criterio y cuidado, no controlar todas las reacciones ajenas.
Guardias, precariedad y perfeccionismo
Las urgencias no tienen horario, y muchas personas del sector encadenan jornadas largas, guardias nocturnas y fines de semana. A ello se suma en muchos casos una remuneración que no se corresponde con la formación y la responsabilidad, lo que añade preocupación económica y la sensación de que tu esfuerzo no se reconoce.
Por otra parte, la veterinaria atrae a menudo a personas muy exigentes consigo mismas, con un alto sentido de la responsabilidad. Esa cualidad es valiosa, pero también puede convertirse en una trampa: revisar mentalmente cada caso, culparte por cualquier complicación, sentir que un error es imperdonable. Si te reconoces, quizá te sirva el artículo sobre el perfeccionismo, cuando hacerlo bien nunca es suficiente.
El desgaste de cuidar
Todo lo anterior puede desembocar en lo que se llama fatiga por compasión: un cansancio que nace de abrirte constantemente al sufrimiento, en este caso de los animales y de sus familias. Lo explicamos con más detalle en el artículo sobre el desgaste por compasión en quienes trabajan ayudando. Tiene mucho en común con lo que viven otras profesiones de cuidado, como se describe en el artículo sobre la salud mental en sanitarios.
Algunas señales de que el desgaste se está instalando son la irritabilidad, la sensación de estar en piloto automático, el insomnio, la dificultad para disfrutar de los animales fuera del trabajo o un pensamiento recurrente de dejar la profesión.
Cuidar tu salud mental en el día a día
- Pequeños rituales tras las pérdidas. Unos minutos para respirar, salir un momento o comentar el caso con un compañero antes de seguir.
- Hablar en equipo. Compartir los casos difíciles y las dudas reduce la sensación de cargar con todo en solitario.
- Límites con el horario. En la medida de lo posible, proteger los días libres y no responder consultas fuera del trabajo.
- Revisar la autoexigencia. Preguntarte si le hablarías a un compañero como te hablas a ti después de una complicación.
- Vida fuera de la clínica. Relaciones, aficiones y descanso que no giren alrededor del trabajo.
Cuándo pedir ayuda profesional
Merece la pena buscar apoyo si el cansancio, la tristeza o la culpa duran semanas, si te cuesta dormir porque repasas casos, si sientes que ya no puedes más o si el trabajo está afectando a tus relaciones. En esta profesión se habla cada vez más abiertamente de la importancia de cuidar la salud mental, y pedir ayuda a tiempo es una muestra de responsabilidad, no de debilidad.
Si en algún momento sientes que no puedes más o aparecen pensamientos de hacerte daño, llama al 024 (atención a la conducta suicida, gratuito y 24 h) o al 112 en caso de urgencia. También puedes contárselo a alguien de confianza; no tienes por qué atravesarlo en soledad.
En terapia puedes trabajar el duelo acumulado por las pérdidas, la culpa, la autoexigencia y la manera de poner límites en un entorno muy demandante. Si quieres dar ese paso, en Viving encontrarás psicólogos de psicología del trabajo y del rendimiento que pueden acompañarte en el cuidado de quien cuida.