Alguien dice tu nombre en una reunión y notas el calor subiendo por el cuello. Antes de que nadie lo diga, ya sabes que te has puesto rojo. Y entonces llega la frase: «¡Uy, te has puesto colorada!». A partir de ese momento solo puedes pensar en tu cara. Sonrojarse es algo humano, pero para algunas personas el miedo a hacerlo se vuelve tan intenso que empiezan a organizar su vida para evitarlo. A ese miedo se le llama eritrofobia, y en este artículo te contamos cómo funciona y qué suele ayudar.
Ponerse rojo es normal; el miedo es otra cosa
El rubor es una reacción automática del cuerpo ante la vergüenza, la sorpresa, el halago o la atención de los demás. Todo el mundo se sonroja alguna vez, y hay personas que lo hacen con más facilidad que otras. En sí mismo no tiene nada de malo; incluso suele interpretarse como señal de sinceridad o de sensibilidad.
La eritrofobia no es sonrojarse, sino tener miedo a hacerlo. Ese miedo puede llegar a ocupar mucho espacio: pensar en ello antes de cada encuentro, vigilar constantemente si notas calor en la cara, evitar situaciones o sufrir mucho en ellas. Si te preocupa que el enrojecimiento tenga alguna causa física, lo adecuado es consultarlo con tu médico; aquí hablamos de la parte emocional.
El bucle: notar calor y que vaya a más
Lo que hace tan difícil este miedo es que se alimenta a sí mismo. Funciona más o menos así:
- Te encuentras en una situación en la que puedes ser observado o observada.
- Notas un poco de calor en la cara y te alarmas: «ya está, me estoy poniendo rojo».
- Esa alarma activa el cuerpo y el rubor aumenta.
- Te centras aún más en tu cara, imaginas cómo te ven los demás y te avergüenzas más.
- La experiencia confirma tu miedo y la próxima vez lo anticipas con más fuerza.
Intentar no ponerse rojo suele producir el efecto contrario, porque la atención que pones en evitarlo mantiene el cuerpo en alerta. Por eso las estrategias que funcionan no van tanto de controlar el rubor como de cambiar la relación con él.
La anticipación y la evitación
Muchas personas con este miedo empiezan a sufrir mucho antes del momento temido. Días antes de una presentación, de una entrevista o de una cena con gente nueva, ya están imaginando la escena. Esa ansiedad anticipatoria consume mucha energía y hace que la situación se viva como una amenaza.
Después llega la evitación: no hablar en clase o en reuniones, rechazar ascensos que impliquen exponerse, usar maquillaje como escudo, llevar el pelo tapando la cara, buscar excusas para no ir a ciertos sitios o desviar la conversación cuando se centra en ti. Cada evitación da un alivio inmediato, pero refuerza la idea de que ponerse rojo es algo terrible que hay que impedir a toda costa.
Los comentarios de los demás
Frases como «te has puesto como un tomate» suelen decirse sin mala intención, a veces incluso con cariño. Pero para quien vive el sonrojo con angustia pueden resultar muy dolorosas, sobre todo si se repitieron en el colegio o en la familia durante años.
Una forma de quitarles poder es tener preparada una respuesta sencilla y tranquila, como «sí, me pasa a menudo» o «es lo que tiene ser expresivo», y seguir con la conversación. No hace falta justificarse ni explicar nada más. Cuando dejas de intentar ocultar algo, los demás suelen perder interés muy rápido. Y si alguien insiste de forma burlona, poner un límite claro también es una opción legítima.
Relación con la ansiedad social
El miedo a sonrojarse aparece a menudo junto al miedo a ser juzgado, a quedar en ridículo o a que los demás noten que estás nervioso. Eso no significa que lo tuyo sea una fobia social; solo un profesional puede valorarlo en tu caso concreto. Si quieres entender mejor dónde está la diferencia entre la timidez y algo más limitante, te puede ayudar este artículo sobre fobia social y timidez.
Si tu miedo aparece sobre todo cuando tienes que hablar delante de un grupo, también encontrarás ideas prácticas en el artículo sobre el miedo a hablar en público. Y si además del rubor lo que te preocupa es sudar, verás que el mecanismo es muy parecido al que contamos sobre la hiperhidrosis y la ansiedad social.
Qué suele ayudar
- Llevar la atención hacia fuera. En lugar de vigilar tu cara, céntrate en lo que dice la otra persona o en lo que quieres transmitir. Cuanta menos atención pones en el rubor, menos se intensifica.
- Permitirte sonrojarte. Parece paradójico, pero decirte «si me pongo rojo, me pongo rojo» suele bajar la activación más que intentar evitarlo.
- Revisar tus predicciones. Pregúntate qué crees que pensarán los demás y qué pruebas tienes. A menudo el rubor se nota mucho menos de lo que sientes y se juzga mucho menos de lo que temes.
- Exponerte poco a poco. Recuperar las situaciones que evitas, empezando por las más asumibles, es una de las formas más eficaces de que el miedo pierda fuerza.
- Tratarte con amabilidad. Después de un momento incómodo, en lugar de reprocharte, háblate como lo harías con un amigo al que le ha pasado lo mismo.
Cuándo pedir ayuda profesional
Puede ser buen momento para consultar si el miedo a ponerte rojo te hace evitar situaciones importantes, si limita tu trabajo, tus estudios o tus relaciones, si piensas en ello gran parte del día o si la vergüenza te deja mal durante mucho tiempo después de cada encuentro. También si has empezado a buscar soluciones drásticas por tu cuenta en lugar de consultar con profesionales.
La terapia psicológica, en especial los enfoques que trabajan la atención, los pensamientos sobre la evaluación ajena y la exposición gradual, suele ayudar a que el sonrojo vuelva a ser lo que es: una reacción del cuerpo, no algo que dirige tu vida. Si quieres dar ese paso, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en fobias con los que trabajar online, desde un lugar en el que te sientas cómodo y sin miradas.