«Cinco minutos más, que estoy acabando la partida». Para muchas familias, los videojuegos son una fuente diaria de negociaciones, enfados y dudas. Por un lado, sabes que jugar es una parte importante del ocio de los niños y adolescentes de hoy, que muchos quedan con sus amigos a través de la consola y que hay juegos creativos y muy bien hechos. Por otro, te preocupa que se pase horas delante de la pantalla, que se ponga furioso cuando le pides que lo deje o que gaste dinero sin control. En este artículo te ayudamos a distinguir el uso normal del que merece más atención, y te damos ideas prácticas para poner normas que funcionen.
Jugar mucho no es lo mismo que tener un problema
Las horas importan, pero no lo explican todo. Un adolescente puede pasar una tarde entera de sábado jugando con sus amigos y llevar una vida equilibrada, y otro puede jugar menos tiempo pero usarlo para huir de todo lo que le preocupa. Más que el reloj, conviene fijarse en qué desplaza el juego: el sueño, los estudios, el deporte, la vida familiar, las amistades en persona.
También ayuda preguntarse para qué juega. Para muchos chicos y chicas, el videojuego es una forma de relacionarse, de sentirse competentes en algo o de desconectar después de un día exigente. Cuando se convierte en el único lugar donde se sienten bien, ahí es donde conviene detenerse.
Señales de un uso que empieza a ser problemático
- Pérdida de control: le cuesta mucho parar, aunque quiera o lo haya prometido, y el tiempo de juego se alarga cada vez más.
- Desplazamiento de lo demás: deja aficiones, deporte o planes con amigos que antes le gustaban.
- Impacto en el sueño: juega a escondidas por la noche o se acuesta muy tarde de forma habitual.
- Bajada en los estudios que coincide con más horas de juego.
- Reacciones muy intensas al apagar: no un enfado puntual, sino gritos, golpes o insultos con frecuencia.
- Mentiras sobre el tiempo de juego o sobre el dinero gastado.
- Usa el juego para escapar de la tristeza, la ansiedad o los problemas, y sin él se le ve muy apagado o irritable.
Que aparezca alguna de estas señales de forma aislada es habitual. Lo que preocupa es cuando varias se mantienen en el tiempo y la familia siente que el juego manda en casa.
El momento de apagar: por qué cuesta tanto
Muchos videojuegos están diseñados para que siempre haya una partida más, una recompensa a punto de llegar o un evento que solo dura unas horas. Además, en las partidas en línea, abandonar a mitad puede suponer dejar tirado al equipo. Entender esto no significa ceder, pero sí ayuda a evitar algunas batallas:
- Avisa con antelación: «te quedan quince minutos» funciona mejor que un «apágalo ya».
- Pacta por partidas, no solo por minutos: en algunos juegos es más fácil parar al acabar una partida que a una hora exacta.
- Ofrece una transición: cenar, salir a dar una vuelta, algo concreto que venga después.
- Mantén la calma: si el enfado escala, es mejor retomar la conversación cuando ambos estéis tranquilos.
Si las explosiones de ira al apagar son muy intensas o frecuentes, también vale la pena mirar si hay otras emociones que tu hijo no sabe manejar. En cómo calmarte cuando una emoción te desborda encontrarás ideas que también pueden adaptarse a adolescentes.
Compras dentro del juego y mecánicas parecidas a las apuestas
Un aspecto que preocupa cada vez más a las familias son las compras integradas. Muchos juegos gratuitos se financian vendiendo monedas virtuales, aspectos para los personajes o cajas sorpresa cuyo contenido es aleatorio. Este último tipo de mecánica se parece mucho a una apuesta: pagas sin saber qué vas a recibir y la emoción del «quizá esta vez toque» engancha.
Algunas medidas prácticas:
- Desactiva las compras sin contraseña en la consola, el móvil y las tiendas de aplicaciones.
- Si decidís permitir algún gasto, acordad una cantidad fija y que no se pueda superar.
- Habla con tu hijo de cómo funcionan estas mecánicas y por qué están pensadas para que gaste más.
- Presta atención si empieza a interesarse por apuestas deportivas, casinos en línea o webs para intercambiar objetos del juego por dinero.
Normas que suelen funcionar
Las normas más eficaces son las que se pactan, se explican y se revisan. Algunas ideas que muchas familias aplican:
- La consola en una zona común de la casa, no en el dormitorio.
- Pantallas apagadas un rato antes de dormir y fuera del cuarto por la noche.
- Primero las obligaciones y luego el juego, pero sin convertir el videojuego en el único premio.
- Revisar juntos la clasificación por edades de cada juego antes de instalarlo.
- Días o franjas sin pantallas para toda la familia, adultos incluidos.
Jugar alguna vez con tu hijo, o pedirle que te enseñe su juego favorito, es una forma sencilla de entender su mundo y de que las normas no se vivan como una imposición de alguien que no sabe de qué va. Si tu hijo es más pequeño y todavía estás decidiendo cómo introducir la tecnología, quizá te interese leer sobre el primer móvil de tu hijo.
Cuando el juego es un refugio
A veces el videojuego no es el problema, sino la solución que tu hijo ha encontrado a otro problema. Un chico que lo pasa mal en el colegio, que se siente solo o que tiene mucha ansiedad puede encontrar en el juego un lugar donde se siente capaz y acompañado. Si quitas el juego sin atender a eso, el malestar sigue ahí. Si notas que además de jugar mucho se aísla en su habitación, en hijo adolescente encerrado en su cuarto repasamos qué señales conviene vigilar.
Cuándo puede ayudarte un psicólogo
Conviene consultar si el juego está afectando de forma clara al sueño, los estudios o las relaciones, si los conflictos en casa son constantes y las normas no funcionan, si hay gastos importantes que tu hijo oculta o si sospechas que detrás hay tristeza, ansiedad o problemas con los compañeros. Un psicólogo infantil y juvenil puede valorar qué está pasando, ayudar a tu hijo a recuperar el control y orientaros como familia para poner límites sin romper la relación. Si no sabes si es el momento, estas señales por edad de que un hijo puede necesitar ayuda pueden orientarte.
Los videojuegos forman parte de la vida de tus hijos y pueden convivir con una vida equilibrada. Si sientes que la situación se os ha ido de las manos, en Viving puedes hablar con psicólogos especializados en psicología infantil y juvenil.