Hay formas de violencia que no buscan golpear directamente a una mujer, sino hacerle daño a través de lo que más quiere. Cuando un hombre que es o ha sido su pareja utiliza a los hijos, a otros familiares o incluso a una mascota para herirla, controlarla o castigarla, hablamos de violencia vicaria. Ponerle nombre importa: muchas madres llevan tiempo sintiendo que algo no encaja en las amenazas, en las visitas o en lo que sus hijos cuentan al volver, y no saben si lo que viven tiene una explicación o si están exagerando. Este artículo intenta ayudarte a entenderlo con calma y a saber dónde pedir apoyo.
Qué es la violencia vicaria
La violencia vicaria es una forma de violencia de género. El agresor no ataca solo a la mujer: dirige el daño hacia personas que ella ama, sobre todo sus hijos e hijas, sabiendo que así la alcanza donde más le duele. La palabra «vicaria» significa precisamente eso, que se ejerce a través de otro. Los niños se convierten en un instrumento para mantener el control, para castigar a la madre por haberse separado o para que no se atreva a tomar decisiones.
Suele aparecer en relaciones donde ya había otras formas de control o de maltrato psicológico en la pareja, y con frecuencia se intensifica tras la separación, cuando el agresor pierde el acceso directo a la mujer y busca otras vías para seguir presente en su vida. No es un conflicto entre dos adultos que no se ponen de acuerdo: es una estrategia de daño.
Formas que puede adoptar
No siempre es evidente. A veces se disfraza de preocupación por los hijos o de defensa de los propios derechos como padre. Algunas formas frecuentes son:
- Amenazas sobre los hijos: «te los voy a quitar», «no los vas a volver a ver», «les pasará algo si me dejas».
- Usar las visitas y los intercambios para controlar, intimidar o generar angustia: retrasos deliberados, cambios de última hora, no devolver a los niños a la hora acordada o no contestar cuando están con él.
- Interrogar a los niños sobre la vida de su madre o pedirles que la vigilen.
- Hablar mal de la madre delante de ellos, culparla de la separación o intentar ponerlos en su contra.
- Descuidar a propósito sus necesidades durante el tiempo que pasan con él: medicación, horarios, cuidados básicos.
- Dañar a otras personas o animales queridos, como familiares de ella o una mascota.
En su forma más grave, el daño puede ser físico y dirigido directamente contra los hijos. Por eso las amenazas nunca deben tomarse a la ligera, aunque parezcan dichas en un momento de enfado.
Cómo diferenciarla de una separación conflictiva
Muchas separaciones son difíciles, con desacuerdos, reproches y tensión. Eso no es violencia vicaria por sí solo. Si lo que vives es una relación de coparentalidad tensa pero sin miedo, puede ayudarte leer sobre cómo gestionar la coparentalidad con un ex conflictivo. La diferencia está en algunos matices:
- Hay una intención de hacer daño o de controlar, no solo un desacuerdo.
- Los hijos se usan como moneda de cambio o como mensajeros de amenazas.
- Sientes miedo, no solo cansancio o enfado, cuando se acercan las visitas o cuando él tiene a los niños.
- Existe una historia previa de control, humillaciones o intimidación en la relación.
Es habitual que la mujer dude de sí misma, sobre todo si durante la relación se le repitió que exageraba o que lo malinterpretaba todo, algo parecido al gaslighting. Tus percepciones merecen ser escuchadas por alguien especializado.
Cómo afecta a los hijos
Aunque el objetivo sea la madre, los niños son víctimas directas. Viven en medio de un conflicto que no entienden del todo, a menudo con la sensación de que tienen que elegir o proteger a alguien. Algunas señales que pueden aparecer, según la edad:
- Miedo o angustia antes o después de estar con el padre, llanto, rechazo a ir o, al contrario, una calma aparente que cuesta interpretar.
- Conflicto de lealtades: se sienten culpables por querer a uno de los dos o callan lo que pasa para no causar problemas.
- Cambios en el sueño, en la alimentación o en el control de esfínteres, sobre todo en los más pequeños.
- Estado de alerta constante, sobresaltos, dificultad para concentrarse en el colegio. Es una forma de hipervigilancia, el cuerpo preparado para un peligro que puede volver.
- Irritabilidad, conductas agresivas o retraimiento, y en adolescentes, aislamiento o enfado dirigido hacia la madre.
- Repetir frases que no son suyas sobre la madre o la familia, señal de que se les está implicando en el conflicto.
Ninguna de estas señales demuestra por sí sola que exista violencia vicaria, pero si se acumulan y coinciden con lo que tú observas, merece la pena consultarlo.
Qué puedes hacer si crees que lo estás viviendo
No tienes que resolverlo sola ni tomar todas las decisiones de golpe. Algunos pasos que suelen ayudar:
- Llama al 016. Es el servicio de atención a víctimas de violencia de género: gratuito, confidencial, disponible a cualquier hora y no deja rastro en la factura del teléfono. Te informan y orientan, también sobre aspectos legales y sobre los recursos de tu zona, y pueden atender a familiares o personas de tu entorno.
- Si hay un peligro inmediato para ti o para tus hijos, llama al 112.
- Anota lo que ocurre: fechas, mensajes, amenazas, cambios que observas en los niños. Guárdalo en un lugar seguro al que él no tenga acceso.
- Busca asesoramiento especializado antes de tomar decisiones sobre visitas o custodia, para no actuar sola en un terreno tan delicado.
- Cuenta con tu red: una persona de confianza que sepa lo que pasa puede ser un apoyo práctico y emocional.
- Informa al colegio o al pediatra si lo consideras oportuno, para que puedan estar atentos y acompañar a tus hijos.
Con los niños, lo más protector suele ser darles un espacio seguro donde puedan expresar lo que sienten sin ser interrogados, decirles que lo que pasa no es culpa suya y no pedirles que tomen partido. No hace falta que tengas todas las respuestas; basta con que sientan que pueden hablar contigo.
Si eres familiar o amiga de una mujer que lo está viviendo, puede servirte leer cómo ayudar a una amiga que sufre violencia de género sin presionarla.
Cuándo puede ayudarte un psicólogo
La violencia vicaria deja huella en la madre y en los hijos. Es frecuente sentir culpa por no haberlo visto antes, miedo constante, agotamiento o la sensación de estar siempre en guardia. Un psicólogo con experiencia en violencia de género y en trauma puede ayudarte a ordenar lo vivido, a recuperar la confianza en tu propio criterio y a sostener a tus hijos sin quedarte sin fuerzas. Los niños también pueden beneficiarse de un acompañamiento propio, adaptado a su edad, que les ayude a poner palabras a lo que han vivido.
La atención psicológica no sustituye a los recursos especializados ni a la protección que puedan necesitar, sino que los complementa. Si en algún momento sientes que no puedes más o aparecen pensamientos de hacerte daño, llama al 024 (atención a la conducta suicida, gratuito y 24 h) o al 112 en caso de urgencia.
Un último apunte
Lo que estás viviendo no es culpa tuya, y proteger a tus hijos no significa que tengas que hacerlo sola. Pedir información al 016 es un paso pequeño que no te compromete a nada y puede darte claridad. Cuando estés preparada para trabajar el impacto emocional, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en trauma que acompañan a mujeres y familias en procesos así, a tu ritmo.