Hay adolescentes a los que las notas les dan igual y hay otros a los que les importan demasiado. Estos últimos suelen pasar desapercibidos porque, desde fuera, todo parece ir bien: estudian, sacan buenos resultados, no dan problemas. Pero por dentro viven cada examen como una amenaza, duermen mal antes de las evaluaciones y sienten que un siete es un fracaso. La ansiedad por las notas es frecuente en la ESO y el bachillerato, y acompañarla bien exige un equilibrio delicado: apoyar sin añadir presión y valorar el esfuerzo sin convertir los resultados en la medida de su valía.
Cuando la preocupación por los estudios se desborda
Un poco de nervios antes de un examen es normal e incluso útil: ayuda a concentrarse y a prepararse. El problema aparece cuando la preocupación es constante, desproporcionada y empieza a afectar a otras áreas de la vida. Algunas señales que pueden indicar que la presión pesa demasiado:
- Dolores de cabeza o de estómago, náuseas o falta de apetito antes de los exámenes.
- Dificultad para dormir, o despertarse de madrugada pensando en lo que queda por estudiar.
- Llanto, irritabilidad o bloqueos ante una nota que considera baja.
- Abandonar aficiones, deporte o amigos para estudiar más.
- Pensamientos del tipo «si suspendo, se acaba todo» o «no valgo para nada».
- Repasar una y otra vez lo que ya sabe sin sentirse nunca preparado.
Autoexigencia: cuando el listón lo pone él
Muchas veces la presión no viene de casa, sino del propio adolescente. Hay chicos y chicas muy autoexigentes que sienten que solo valen si rinden al máximo. Pueden ser responsables, ordenados y brillantes, y precisamente por eso nadie piensa que estén sufriendo. Ese perfeccionismo suele empezar antes, en la infancia, como describimos en el artículo sobre el niño perfeccionista que se frustra si no le sale perfecto, y en la adolescencia puede intensificarse porque los resultados empiezan a «contar» para el futuro.
Si te reconoces en esa forma de funcionar o la ves en tu hijo, el artículo sobre perfeccionismo: cuando hacerlo bien nunca es suficiente ayuda a entender de dónde viene y por qué no se resuelve exigiendo más.
Las expectativas familiares, dichas y no dichas
Los padres no siempre son conscientes del peso que tienen sus palabras. Frases como «con lo listo que eres», «tu hermano sacaba mejores notas» o «esto es lo que te va a abrir puertas» pueden decirse con cariño, pero el adolescente puede escuchar: «si no rindes, decepcionas». También influyen los mensajes no verbales: la cara al ver el boletín, la pregunta inmediata por la nota cuando llega a casa o la alegría desbordada solo cuando hay un sobresaliente.
Revisar esas expectativas no significa dejar de interesarse por sus estudios. Significa que el interés se desplace del resultado al proceso y a cómo está él.
Tampoco ayuda el entorno. Las comparaciones entre compañeros, los grupos de mensajería donde se comentan las notas al minuto o la sensación de que todo el mundo tiene claro qué quiere estudiar alimentan la idea de que hay una única carrera y que cualquier tropiezo te deja fuera. Recordarle que existen muchos caminos, que los planes cambian y que muchas personas encuentran su lugar tras dar algún rodeo puede quitarle una parte del peso que carga.
Cómo apoyar sin presionar
Algunas pautas que suelen ayudar:
- Pregunta por él antes que por la nota. «¿Cómo te has sentido en el examen?» abre más que «¿qué has sacado?».
- Separa su valor de sus resultados. Dile de forma explícita que le quieres igual con un cinco que con un diez.
- Reconoce el esfuerzo y las estrategias, no solo el resultado final.
- Protege el descanso. Dormir poco empeora la memoria y la ansiedad; estudiar hasta la madrugada no compensa.
- Cuida que tenga tiempo libre, sin culpa: deporte, amigos, aficiones.
- Ayúdale a relativizar sin quitar importancia: un mal examen es una información, no un veredicto sobre su futuro.
- Muestra tú una relación sana con el error, contando alguna vez cosas que te salieron mal y cómo las superaste.
Si el problema es lo contrario, que parece no importarle nada, el enfoque cambia; lo tratamos en el artículo sobre el adolescente desmotivado con los estudios. Y si tu hijo está preparando la prueba de acceso a la universidad, hay pautas específicas en cómo acompañar a tu hijo en la selectividad sin presionarle.
Qué hacer el día de antes y el día después
Antes de un examen importante, más que repasar hasta el último minuto, ayuda una rutina previsible: cenar algo ligero, dejar preparado el material, desconectar un rato y acostarse a una hora razonable. Si se pone muy nervioso, una respiración lenta y profunda puede ayudarle a bajar la activación.
Después del examen, evita el análisis exhaustivo de cada respuesta. Si la nota no es la esperada, deja pasar el primer momento de frustración y, más tarde, pensad juntos qué se puede aprender de cara a la próxima vez, sin culpas.
Cuándo pedir ayuda profesional
Conviene consultar con un psicólogo si la ansiedad dura semanas, si afecta al sueño, a la alimentación o a su vida social, si aparecen ataques de ansiedad o bloqueos que le impiden hacer los exámenes, o si notas tristeza persistente y comentarios muy negativos sobre sí mismo. En el artículo sobre cómo ayudar a un hijo adolescente con ansiedad encontrarás más señales a tener en cuenta. Un profesional puede ayudarle a manejar la presión, cuestionar sus pensamientos más exigentes y recuperar el equilibrio entre estudiar y vivir.
Si en algún momento sientes que no puedes más o aparecen pensamientos de hacerte daño, llama al 024 (atención a la conducta suicida, gratuito y 24 h) o al 112 en caso de urgencia. Si es tu hijo quien expresa algo así, tómalo en serio, no le dejes solo y busca ayuda de inmediato.
Las notas importan, pero nunca más que la persona que las saca. Si quieres apoyo para acompañar a tu hijo, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en psicología infantil y juvenil y profesionales expertos en ansiedad.