Cada vez más mujeres reciben un diagnóstico de autismo a los treinta, cuarenta o cincuenta años. Muchas llegan a la consulta después de años de sentirse distintas sin saber por qué, de diagnósticos que no terminaban de encajar y de un cansancio que nadie sabía explicar. A otras les surge la pregunta al ver que evalúan a su hijo o al leer el testimonio de otra mujer y reconocerse en él. Este artículo no sirve para saber si eres autista, eso solo puede valorarlo un profesional, pero sí para entender por qué el autismo en mujeres adultas se ha pasado por alto tantas veces y qué puede significar descubrirlo tarde.
Por qué el autismo en mujeres pasa desapercibido
Durante mucho tiempo, la imagen del autismo se construyó a partir de niños varones con rasgos muy visibles. Las niñas que no encajaban en ese retrato quedaban fuera del radar: eran «tímidas», «muy maduras», «sensibles» o «un poco raras», pero sacaban buenas notas y no daban problemas en clase.
Además, muchas niñas autistas tienen intereses intensos que no llaman la atención porque son socialmente aceptados, como los animales, los libros o una serie concreta. Y es frecuente que observen a sus compañeras y aprendan a imitarlas con bastante éxito. Esa capacidad de adaptarse es, precisamente, lo que retrasa la detección.
El camuflaje: adaptarse a costa de una misma
Se llama camuflaje o enmascaramiento al esfuerzo, a veces consciente y a veces automático, de ocultar los rasgos autistas para encajar. Puede consistir en:
- Ensayar conversaciones antes de tenerlas o preparar frases para situaciones sociales.
- Forzar el contacto visual aunque resulte incómodo.
- Copiar gestos, tono de voz o expresiones de otras personas.
- Contener movimientos repetitivos que ayudan a regularse.
- Aguantar ruidos, luces o texturas molestas sin decir nada.
- Analizar cada interacción después, buscando qué se hizo «mal».
Desde fuera, todo parece ir bien. Por dentro, la persona funciona como si estuviera traduciendo un idioma extranjero todo el día. Ese esfuerzo continuo tiene un coste.
El agotamiento que no se explica
Muchas mujeres que reciben un diagnóstico tardío describen un cansancio profundo que no se resuelve con unas vacaciones. Es lo que en la comunidad autista se conoce como burnout autista: una etapa de agotamiento físico y mental en la que habilidades que antes salían, como socializar, organizarse o tolerar estímulos, se vuelven mucho más difíciles. Suele aparecer tras épocas de mucha exigencia, cambios vitales o años de camuflaje sostenido.
Se parece en algunos aspectos al cansancio emocional crónico, pero tiene matices propios, como el aumento de la sensibilidad sensorial o la necesidad de mucho más tiempo a solas para recuperarse.
Diagnósticos previos y caminos largos
Es habitual que, antes de llegar a la evaluación de autismo, estas mujeres hayan pasado por otras explicaciones: ansiedad, depresión, trastornos de la conducta alimentaria, ansiedad social o problemas de personalidad. A veces esos diagnósticos son correctos y conviven con el autismo; otras veces describían las consecuencias del agotamiento sin llegar a la raíz.
También hay solapamientos con otras condiciones del neurodesarrollo. Si te has preguntado por la atención o la impulsividad, puede servirte el artículo sobre el TDAH en adultos y cuándo pedir una evaluación, ya que ambas condiciones pueden darse a la vez. Y conviene no confundir el autismo con la alta sensibilidad, que es un rasgo de personalidad y no un diagnóstico; lo explicamos en personas altamente sensibles: qué es y qué no es.
Reconocerse no es diagnosticarse
Leer experiencias de otras mujeres autistas puede ser revelador, pero también puede llevar a conclusiones precipitadas. Muchos rasgos que circulan en redes, como cansarse en las reuniones sociales, tener rutinas o ser sensible al ruido, son comunes a muchas personas por motivos muy distintos. Por eso es importante tomar esa identificación como un punto de partida para preguntar, no como una respuesta. Hablamos de ello en el artículo sobre los riesgos del autodiagnóstico en redes.
Cómo es una evaluación especializada
La evaluación del autismo en la edad adulta debe hacerla un profesional con formación y experiencia específicas, como un psicólogo clínico, un neuropsicólogo o un psiquiatra que conozca bien cómo se presenta el autismo en mujeres. No todos los profesionales la tienen, así que conviene preguntar antes.
Suele incluir varias entrevistas sobre tu historia vital desde la infancia, cuestionarios, a veces pruebas estandarizadas y, cuando es posible, información de alguien que te conociera de pequeña. Es un proceso que lleva tiempo y en el que es normal sentir nervios, sobre todo por miedo a «no ser lo bastante autista» o a que te digan que te lo estás imaginando. Un buen profesional valorará el conjunto y te explicará sus conclusiones, sean cuales sean.
Después del diagnóstico: alivio y duelo
Muchas mujeres describen la primera reacción como un gran alivio: por fin hay una explicación que da sentido a toda una vida. Dejan de pensar que eran vagas, frías, difíciles o exageradas. Empiezan a entender por qué ciertas cosas les costaban tanto.
Pero junto al alivio suele aparecer un duelo. Duelo por la niña que no fue comprendida, por los años de esfuerzo invisible, por las decisiones tomadas intentando ser otra persona. También puede haber rabia hacia quienes no lo vieron, o dudas sobre la propia identidad: «¿quién soy si dejo de camuflarme?». Son reacciones normales y conviene darles espacio.
Con el tiempo, el diagnóstico puede servir para hacer ajustes concretos: proteger tiempos de descanso, reducir estímulos, explicar ciertas necesidades en el trabajo o en la pareja, elegir mejor a qué decir que sí y aceptar formas propias de relacionarse sin vivirlas como un defecto.
Cuándo puede ayudarte un psicólogo
Puedes plantearte consultar si llevas tiempo con un agotamiento que no remite, si sientes que vives en modo actuación constante, si te preguntas si podrías ser autista y quieres orientación para una evaluación, o si ya tienes el diagnóstico y te cuesta integrarlo. La terapia no busca que dejes de ser quien eres, sino ayudarte a entenderte, a reducir el desgaste y a tratar la ansiedad o la tristeza que a menudo acompañan a tantos años de esfuerzo.
Es importante que el profesional tenga experiencia en autismo en adultos o esté dispuesto a adaptar su forma de trabajar. Si no sabes por dónde empezar, en el artículo sobre la diferencia entre psicólogo, psiquiatra o coach te explicamos a quién acudir en cada caso. Y en Viving puedes buscar psicólogos de psicología clínica y sanitaria y preguntarles por su experiencia antes de la primera sesión.