Llega un momento en que tu hijo empieza a salir con sus amigos por la noche, a volver más tarde y a hablar de fiestas, plazas y parques donde «se queda la gente». Con esas primeras salidas aparece casi siempre el alcohol, y con él una preocupación muy comprensible en madres y padres: ¿beberá?, ¿qué hago si me entero?, ¿cómo saco el tema sin que se cierre en banda? Hablar del botellón no garantiza que tu hijo no beba, pero sí hace más probable que tome decisiones más cuidadosas y que acuda a ti si algo se tuerce.
Por qué el alcohol aparece en la adolescencia
Para muchos adolescentes, beber no tiene tanto que ver con el sabor como con lo que representa: sentirse mayores, formar parte del grupo, desinhibirse o atreverse a hablar con alguien que les gusta. En una etapa en la que la opinión de los amigos pesa muchísimo, quedarse fuera puede vivirse como algo más grave que cualquier riesgo.
Además, el cerebro adolescente está todavía en desarrollo, especialmente en las áreas que ayudan a frenar impulsos y a valorar consecuencias. No es que no entiendan los riesgos, es que en el momento, rodeados de amigos, la emoción y la búsqueda de sensaciones suelen ganar la partida. Por eso los sermones racionales funcionan peor de lo que nos gustaría.
La presión de grupo, más sutil de lo que parece
Pocas veces la presión es un «bebe o no eres de los nuestros». Suele ser más silenciosa: todos tienen un vaso en la mano, nadie pregunta, y decir que no parece raro. El miedo a perderse algo, lo que se conoce como FOMO, también empuja a estar en todos los planes, aunque no apetezcan del todo.
Puedes ayudar a tu hijo a pensar de antemano cómo manejar esas situaciones: tener una bebida sin alcohol en la mano, ofrecerse a volver con un amigo de confianza, poner una excusa que le resulte cómoda. Practicar la asertividad en casa, en asuntos cotidianos, le da herramientas para decir que no fuera sin sentirse ridículo.
Cómo hablarlo sin sermones
La conversación funciona mejor si no es un interrogatorio ni una charla de una hora. Algunas ideas que suelen ayudar:
- Elige un buen momento. En el coche, cocinando o paseando, sin miradas fijas ni prisas, la charla fluye mejor que sentados frente a frente.
- Empieza preguntando. «¿Qué se suele beber en las fiestas de tu edad?» o «¿Qué piensas de lo que pasa en los botellones?» abre más que «Ni se te ocurra beber».
- Escucha sin escandalizarte. Si a la primera confidencia reaccionas con un castigo, la próxima vez te contará menos.
- Explica tus razones. No basta con un «porque lo digo yo». Habla de cómo el alcohol afecta a las decisiones, al cuerpo, a la seguridad en el camino de vuelta o a situaciones sexuales que luego pueden lamentarse.
- Sé coherente. Tu propia relación con el alcohol habla más alto que cualquier consejo.
Esta misma forma de conversar sirve para otros temas delicados. Si te interesa, tienes ideas parecidas sobre el vapeo en adolescentes y cómo hablarlo en casa y sobre el cannabis en jóvenes, la ansiedad y la paranoia, que a veces aparece en los mismos entornos.
Acuerdos claros antes de salir
Más que prohibiciones absolutas que se incumplen en silencio, suelen funcionar mejor unos pocos acuerdos concretos, hablados y revisables. Por ejemplo: a qué hora vuelve y cómo, con quién va, que conteste al móvil, que nunca se suba a un coche con alguien que ha bebido y que no deje solo a un amigo que se encuentra mal.
Uno de los acuerdos más valiosos es este: «Si estás en un apuro, llámame y te recojo, sin bronca en ese momento». Ya habrá tiempo de hablar al día siguiente. Lo importante es que tu hijo sepa que su seguridad está por encima del enfado, porque eso hace más probable que pida ayuda cuando la necesita.
Si llega a casa borracho
Es una escena que asusta y enfada a partes iguales. En ese momento, lo prioritario es su seguridad, no la conversación. Acompáñale, no le dejes dormir solo boca arriba si ha vomitado o está muy aturdido, colócale de lado y quédate cerca. Las duchas frías o el café no ayudan a que se le pase.
Si no responde, le cuesta respirar, tiene la piel fría o azulada, convulsiona o no puedes despertarle, llama al 112 de inmediato: puede ser una intoxicación etílica y requiere atención urgente.
Al día siguiente, con calma, toca hablar. Pregúntale qué pasó, cómo se sintió y qué haría distinto. Pueden caber consecuencias razonables, pero evita humillarle. Si notas que te miente sobre dónde estuvo o con quién, puede servirte el artículo sobre qué hacer si tu hijo adolescente miente sin romper la confianza.
Señales que conviene no pasar por alto
Probar el alcohol en algún momento es frecuente en la adolescencia. Lo que merece más atención es el patrón. Algunas señales de riesgo:
- Bebe hasta perder el control de forma habitual, no de manera puntual.
- Necesita beber para salir, para hablar con gente o para sentirse bien.
- Ha tenido episodios de pérdida de memoria, peleas o situaciones de peligro.
- Baja su rendimiento, cambia de amigos de forma brusca o abandona actividades que le gustaban.
- Notas tristeza, ansiedad o aislamiento que parecen ir más allá de lo habitual en su edad.
A veces el alcohol tapa un malestar de fondo, igual que les ocurre a muchos adultos. Hay más sobre esto en el artículo sobre beber para relajarte cuando el alcohol tapa la ansiedad.
Cuándo pedir ayuda profesional
Si las conversaciones terminan siempre en discusión, si las señales anteriores se repiten o si sospechas que tu hijo bebe para soportar algo que le duele, consultar con un psicólogo puede ser de gran ayuda. Un profesional puede trabajar con el adolescente su relación con el alcohol, su autoestima y la presión del grupo, y orientaros como familia para recuperar la comunicación sin caer en el control constante. Pedir ayuda no es un fracaso como madre o padre; es una forma de cuidar.
Hablar del alcohol no es una charla única, sino una conversación que se retoma a lo largo de los años. Si sientes que necesitas apoyo para acompañar a tu hijo en esta etapa, en Viving encontrarás psicólogos especializados en adolescentes y familias.