Ir al gimnasio con constancia, cuidar lo que comes y querer verte más fuerte son hábitos que, en principio, suman salud. El problema aparece cuando el espejo nunca da la razón: entrenas más que nadie, te ven grande y en forma, pero tú sigues viéndote pequeño, delgado o «sin volumen». Cuando esa sensación empieza a mandar sobre tus horarios, tu comida, tu dinero y tu vida social, ya no hablamos de afición al deporte, sino de algo que conviene mirar con calma. Es lo que popularmente se conoce como vigorexia y que en psicología se describe como dismorfia muscular.
Qué es la dismorfia muscular y por qué afecta sobre todo a hombres
La dismorfia muscular es una preocupación persistente por no tener suficiente masa muscular o por no estar lo bastante definido, aunque la realidad objetiva diga lo contrario. Los manuales diagnósticos la recogen como una variante del trastorno dismórfico corporal, y comparte muchos rasgos con los trastornos de la conducta alimentaria: control rígido de la comida, malestar intenso con la imagen y conductas que se mantienen aunque estén haciendo daño.
Puede darse en cualquier persona, pero es más frecuente en hombres jóvenes, en parte porque el ideal masculino que se repite en publicidad, cine y redes es un cuerpo muy musculado y con poca grasa, algo difícil de alcanzar y aún más de mantener. Además, muchos hombres no se reconocen en la idea clásica de «trastorno alimentario», que asocian a chicas adolescentes que quieren adelgazar. Esa falsa imagen hace que el problema pase desapercibido durante años, tanto para ellos como para su entorno.
Señales de que el gimnasio ha dejado de ser solo un hábito
No existe una cantidad de horas de entrenamiento que marque la línea. Lo que importa es la función que cumple el ejercicio y lo que ocurre cuando no puedes hacerlo. Algunas señales que suelen aparecer:
- Te comparas y siempre sales perdiendo, aunque los demás te digan que estás muy fuerte. Miras tu cuerpo con lupa en espejos, escaparates y fotos.
- Perder un entrenamiento te genera ansiedad o culpa desproporcionadas, hasta el punto de entrenar lesionado, enfermo o a costa de compromisos importantes.
- La comida está totalmente reglada: pesas cada gramo, no comes fuera porque no controlas los macros, evitas cumpleaños o cenas.
- Escondes el cuerpo con ropa ancha porque te ves pequeño, o al contrario, necesitas comprobar constantemente cómo te queda una camiseta.
- Tu vida gira en torno al plan: trabajo, pareja y amigos se organizan alrededor del gimnasio y la dieta, y no al revés.
- Valoras usar sustancias para ganar músculo más rápido, aunque sepas que pueden tener riesgos.
Que te identifiques con alguna de estas señales no significa que tengas un trastorno, pero sí es una invitación a preguntarte qué lugar ocupa tu cuerpo en cómo te valoras. Si quieres ver también otras señales iniciales de los problemas con la comida, puedes leer sobre las señales tempranas de un trastorno alimentario que pasan desapercibidas.
El papel de las redes fitness
Las redes sociales han convertido el cuerpo en un escaparate permanente. Los perfiles fitness muestran a diario físicos que, en muchos casos, son fruto de iluminación cuidada, poses estudiadas, filtros, fases de competición muy concretas o el uso de sustancias que no se mencionan. Cuando consumes ese contenido sin parar, tu cerebro lo toma como referencia de lo normal y tu propio cuerpo empieza a parecer insuficiente.
No se trata de demonizar todo el contenido deportivo, que también puede motivar e informar. La clave está en cómo te deja después de verlo. Si sales de la aplicación con la sensación de que tienes que entrenar más o comer menos para merecer algo, vale la pena revisar a quién sigues. Profundizamos en este mecanismo en el artículo sobre cómo compararte en redes sociales afecta a tu autoestima.
Suplementos y anabolizantes: dónde está el riesgo
Muchos suplementos de uso habitual, como las proteínas en polvo, son simplemente alimentos en otro formato. El riesgo aparece cuando el uso se vuelve compulsivo, cuando se combinan productos sin control o cuando se da el salto a anabolizantes y otras sustancias obtenidas fuera del circuito médico. Estas sustancias pueden afectar al corazón, al hígado, a las hormonas y también al estado de ánimo, con irritabilidad, cambios bruscos o bajón al dejarlas.
Si ya las estás usando o te lo estás planteando, lo más importante es no hacerlo a escondidas de los profesionales sanitarios. Hablarlo con tu médico de cabecera no es confesar nada: es la forma de que puedan revisar tu salud física sin juicios. Y desde el punto de vista psicológico, suele ser útil preguntarse qué esperas conseguir con ellas y qué pasaría si no las tomaras.
Lo que hay debajo: autoestima, control y perfeccionismo
Detrás de la obsesión por el cuerpo casi nunca está solo el cuerpo. Es frecuente encontrar una autoestima que depende de una única cosa, la sensación de que si dejas de controlar algo todo se viene abajo, experiencias de burla o acoso por el físico en la infancia o la adolescencia, o un estilo perfeccionista en el que nada es nunca suficiente. El gimnasio ofrece algo muy atractivo: reglas claras, progreso medible y una sensación de dominio que quizá no encuentras en otras áreas de tu vida.
Por eso, decirle a alguien que «simplemente entrene menos» rara vez funciona. El ejercicio está cumpliendo una función emocional, y si no se atiende esa función, la ansiedad buscará otra salida. Si te reconoces en esa exigencia constante, puede resultarte útil leer sobre el perfeccionismo cuando hacerlo bien nunca es suficiente.
Qué puedes hacer si te reconoces en esto
Algunos pasos pequeños que pueden ayudarte a recuperar perspectiva:
- Observa sin juzgarte durante una o dos semanas: cuántas veces te miras al espejo, cuánto tiempo dedicas a pensar en tu cuerpo, qué sientes si se cancela un entrenamiento.
- Introduce algo de flexibilidad de forma deliberada: una comida sin pesar, un día de descanso real, una cena con amigos sin calcular.
- Revisa tus redes y deja de seguir durante un tiempo las cuentas que te hacen sentir peor.
- Amplía las fuentes de valor: qué otras cosas te gustan de ti o te gustaría cultivar que no tengan que ver con el físico.
- Cuéntaselo a alguien de confianza. Muchos hombres viven esto en silencio por vergüenza, y verbalizarlo ya rebaja parte de la presión.
Si te cuesta dar ese paso de pedir ayuda, no eres el único: en el artículo sobre por qué a los hombres les cuesta pedir ayuda en salud mental explicamos algunas de las razones y cómo empezar.
Cuándo pedir ayuda profesional
Merece la pena consultar con un psicólogo si la preocupación por tu cuerpo ocupa gran parte de tu día, si sientes que no puedes parar aunque quieras, si estás dejando de lado relaciones, estudios o trabajo, si entrenas a pesar de lesiones o si estás usando o valorando sustancias para cambiar tu físico. También si tu familia o tu pareja te han expresado preocupación varias veces. Un profesional puede ayudarte a entender qué función cumple el ejercicio para ti, a trabajar la imagen corporal y a recuperar una relación con el deporte que sume en lugar de restar. Cuando hay consumo de sustancias o síntomas físicos, lo ideal es combinar ese trabajo con el seguimiento de tu médico.
Si sientes que tu relación con el cuerpo, la comida o el entrenamiento se te está yendo de las manos, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en trastornos de la alimentación que trabajan también la dismorfia muscular y la imagen corporal en hombres.