Te llaman al despacho y te ofrecen el puesto: vas a coordinar el equipo en el que llevas años trabajando. Al principio sientes orgullo, quizá alivio por ver reconocido tu esfuerzo. A los pocos días aparecen otras cosas: dudas sobre si sabrás hacerlo, incomodidad al dar instrucciones a quienes hasta ayer eran tus compañeros de café, noches dándole vueltas a una conversación pendiente. El primer puesto de responsabilidad es un cambio importante, y es normal que venga acompañado de ansiedad. Entender por qué ocurre ayuda a transitarlo mejor.
Un cambio de rol, no solo de tareas
Cuando asciendes a mando intermedio no solo cambian tus funciones: cambia tu lugar en el grupo. Hasta ahora te medían por lo que hacías tú; a partir de ahora te van a medir por lo que consigue el equipo. Eso implica dejar de hacer parte del trabajo en el que eras bueno y dedicar tiempo a organizar, escuchar, decidir y responder ante otros.
Es una transición de identidad profesional, y como toda transición tiene una fase de desajuste. Durante un tiempo puedes sentir que ya no eres del todo uno más, pero tampoco te reconoces aún como responsable. Ese terreno intermedio es incómodo, y no significa que te hayas equivocado al aceptar.
Dirigir a quienes eran tus compañeros
Es una de las situaciones más delicadas. Antes compartíais quejas sobre la dirección y ahora tú formas parte de ella. Algunos compañeros se alegrarán, otros quizá también querían el puesto, y algunos pondrán a prueba los límites para ver si sigues siendo «el de siempre».
Algunas ideas que suelen ayudar:
- Hablar del cambio abiertamente. Una conversación individual con cada persona del equipo al principio, para escuchar qué esperan y explicar cómo te gustaría trabajar, ordena mucho la relación.
- No intentar caer bien a todo el mundo. Querer mantener todas las amistades intactas lleva a evitar decisiones necesarias. Se puede ser cercano y, a la vez, claro.
- Ser coherente. Tratar a todos con los mismos criterios, aunque con algunos tengas más confianza, protege tu credibilidad.
- Aceptar que algo cambia. Es posible que ya no te inviten a todas las cañas o que ciertas conversaciones se corten cuando llegas. Duele, pero forma parte del nuevo lugar.
Delegar sin sentir que pierdes el control
Muchos responsables nuevos fueron ascendidos precisamente porque hacían muy bien su trabajo, y eso hace que delegar cueste. «Lo hago yo, que tardo menos» es una frase que se repite y que acaba en jornadas interminables y un equipo que no crece.
Si te cuesta soltar, puede haber detrás algo de perfeccionismo o miedo a que un error del equipo se interprete como un fallo tuyo. Delegar bien implica explicar qué esperas, acordar plazos, estar disponible para dudas y aceptar que otra persona lo hará de forma distinta a como lo harías tú. Distinto no es necesariamente peor.
Las conversaciones difíciles
Dar una mala noticia, señalar un error, negar unas vacaciones o gestionar un conflicto entre dos personas del equipo. Son conversaciones que generan ansiedad anticipatoria y que, por eso, muchos responsables nuevos posponen. El problema es que, cuanto más se aplazan, más se complican.
Prepararlas ayuda: tener claro el objetivo, centrarte en hechos concretos y no en juicios sobre la persona, escuchar su versión y cerrar con algún acuerdo. Si en tu equipo hay alguien con quien la relación es especialmente complicada, en el artículo sobre cómo convivir con un compañero difícil encontrarás pautas de comunicación que también sirven desde la posición de responsable.
Si además te cuesta hablar en público o intervenir en reuniones, algo que ahora vas a hacer con más frecuencia, puede interesarte leer sobre la ansiedad social en el trabajo.
«No soy suficiente para este puesto»
Es casi un clásico: te han elegido, tienes experiencia y aun así sientes que en cualquier momento alguien descubrirá que no estás a la altura. Esa sensación tiene nombre, el síndrome del impostor, y es muy frecuente en los cambios de rol. Te lleva a sobrecompensar, a trabajar más horas para demostrar que mereces el puesto o a no pedir ayuda para no parecer inseguro.
Recordar que nadie llega sabiendo liderar, que es una habilidad que se aprende con la práctica y con errores, rebaja un poco esa exigencia. Pedir formación, buscar un referente dentro de la empresa o compartir dudas con otros responsables no es señal de debilidad, sino de que te tomas en serio el puesto.
La soledad del puesto
Hay cosas que ya no puedes comentar con tu equipo y, a veces, tampoco con tus superiores. Decisiones que tomas solo, información confidencial que no puedes compartir, responsabilidad cuando las cosas salen mal. Esa soledad sorprende a muchas personas que no la esperaban.
Construir una red fuera del equipo ayuda: otros mandos intermedios de la empresa, antiguos compañeros que hayan pasado por lo mismo, amistades fuera del trabajo. Si notas que esa sensación de aislamiento se extiende a otros ámbitos, en el artículo sobre sentirse solo rodeado de gente hablamos de ello.
Cuándo puede ayudarte un psicólogo
La ansiedad de los primeros meses suele ir bajando a medida que ganas experiencia. Puede ser útil consultar si no baja, si duermes mal de forma habitual, si evitas sistemáticamente las conversaciones que te tocan, si te sientes desbordado por la responsabilidad o si empiezas a plantearte renunciar al puesto por miedo más que por convicción.
En terapia puedes trabajar la autoexigencia, la gestión de la ansiedad en situaciones concretas y tu manera de ejercer la autoridad, de forma que encaje con quién eres.
Si estás atravesando este cambio profesional y te está costando más de lo que esperabas, puedes hablar con uno de nuestros psicólogos especializados en transiciones vitales para acompañarte en esta etapa.