Las prácticas y las becas suelen presentarse como una puerta de entrada al mundo laboral: un lugar donde aprender, ganar experiencia y demostrar lo que vales. A veces lo son. Otras, la experiencia se parece más a cubrir tareas de un puesto sin las condiciones de ese puesto, con la esperanza de que algún día se convierta en un contrato. Si estás de becario o de becaria y sientes que te cuesta poner límites, que tu autoestima se resiente o que no sabes si estás aprendiendo o simplemente aguantando, este artículo es para ti.
Sentirte mano de obra barata
Una de las sensaciones más frecuentes entre quienes hacen prácticas es la de estar cubriendo un hueco. Llegas con ganas de aprender y, al cabo de unas semanas, te das cuenta de que haces lo mismo que un compañero contratado, pero sin el reconocimiento ni la estabilidad. Nadie te enseña de forma estructurada y nadie parece tener tiempo para revisar tu trabajo.
Ponerle nombre a esa sensación es importante. No eres desagradecido ni desagradecida por notarlo. Puedes valorar lo que estás aprendiendo y, a la vez, reconocer que la situación no es justa. Mantener las dos ideas a la vez evita caer en el extremo de aguantarlo todo o en el de vivirlo todo con rabia.
El miedo a decir que no
Cuando dependes de la buena impresión que causes, decir que no se vuelve muy difícil. Aceptas tareas que no te corresponden, te quedas cuando todos se han ido y respondes mensajes fuera de horario por miedo a parecer poco comprometido. El problema es que, cuantas más cosas aceptas, más se espera de ti, y el límite se aleja cada vez más.
Poner límites no significa negarte a todo. Significa poder decir cosas como «puedo hacerlo, pero entonces esto otro tendrá que esperar» o «hoy no puedo quedarme más tarde, mañana lo termino a primera hora». Estas frases, dichas con calma, rara vez tienen las consecuencias catastróficas que imaginas. Si te cuesta especialmente, el artículo sobre cómo poner límites y decir no sin culpa te puede dar herramientas, y la entrada del diccionario sobre asertividad explica en qué consiste comunicar lo que necesitas sin agresividad y sin sumisión.
Horas extra y la esperanza del contrato
Muchas personas en prácticas trabajan más de lo acordado con una idea en la cabeza: si me esfuerzo lo suficiente, me contratarán. Esa esperanza puede ser real y, a veces, se cumple. Pero cuando se convierte en la única razón para aguantar, el desgaste crece y la decepción, si el contrato no llega, es mucho mayor.
Algunas ideas que pueden ayudarte a mantener los pies en el suelo:
- Pregunta con naturalidad qué posibilidades reales hay de continuar. Tienes derecho a saber a qué atenerte.
- Piensa en las prácticas como una etapa con valor propio: lo que aprendes, los contactos que haces y lo que descubres de ti te acompañarán aunque no sigas allí.
- Sigue mirando otras opciones mientras tanto. No es deslealtad, es prudencia.
- Cuida tus horas de descanso. Un rendimiento sostenible convence más que unas semanas de agotamiento.
Si sientes que la carga es excesiva, hablarlo puede marcar la diferencia. El artículo sobre cómo hablar de la sobrecarga de trabajo con tu responsable ofrece pautas que también sirven si estás en prácticas. Y si tienes dudas sobre tus condiciones, el centro de estudios o la entidad que gestiona la beca suelen tener una persona de referencia a la que consultar.
Compararte con tus amigos
Mientras tú encadenas prácticas, quizá algún amigo ya tiene contrato, otra se ha ido al extranjero y otro parece tener clarísimo su futuro. La comparación aparece casi sin querer y suele dejarte con la sensación de ir por detrás.
Cada trayectoria tiene ritmos distintos, condicionados por el sector, las oportunidades, los recursos de cada familia y también por la suerte. Lo que ves de los demás es, además, una versión parcial. Si notas que te alegras a medias de los logros de tus amigos y eso te hace sentir mal, el artículo sobre la envidia entre amigos explica por qué es tan humano y qué hacer con ello. Y si la sensación general es que vas tarde en la vida, quizá te resulte útil leer sobre cumplir 30 y sentir que vas tarde, aunque no hayas llegado aún a esa edad.
Cuidar tu autoestima en una etapa precaria
Cuando no se reconoce tu trabajo, cuando te tratan como alguien de paso o cuando las condiciones no acompañan, es fácil empezar a pensar que el problema eres tú. Conviene recordar que la precariedad es una situación, no una característica tuya.
Algunas cosas que suelen ayudar son anotar lo que aprendes cada semana, aunque sean cosas pequeñas, pedir feedback concreto para saber qué haces bien y qué puedes mejorar, y mantener espacios fuera del trabajo que te recuerden quién eres. Si es tu primera experiencia en una empresa y todo te genera inseguridad, el artículo sobre el primer trabajo y el síndrome del novato también puede servirte. Y si estás haciendo un doctorado con beca, el artículo sobre doctorado y salud mental aborda la presión específica de la tesis.
Cuándo puede ayudarte un psicólogo
Puede ser un buen momento para pedir ayuda si la ansiedad antes de ir a las prácticas se repite casi cada día, si te cuesta dormir pensando en el trabajo, si te sientes inútil o prescindible la mayor parte del tiempo, si has dejado de quedar con tu gente porque no te queda energía o si no consigues decir que no aunque lo necesites. También si un trato humillante o injusto te está afectando y no sabes cómo actuar.
En terapia puedes trabajar la asertividad, la autoestima, la gestión de la incertidumbre sobre el futuro y la forma en que te hablas a ti mismo o a ti misma cuando las cosas no salen como esperabas.
Las prácticas son una etapa de aprendizaje, y tu bienestar también forma parte de lo que merece cuidarse en ella. Si esta etapa te está pesando más de la cuenta, en Viving puedes hablar con psicólogos especializados en trabajo y rendimiento que pueden ayudarte a encontrar tu lugar con más seguridad.