«Estoy bien, no te preocupes». Es probablemente la frase que más se repite en las llamadas a padres, abuelos o tíos mayores. Muchas personas mayores no quieren ser una carga y minimizan lo que sienten, de modo que la soledad no deseada avanza en silencio: menos salidas, menos conversaciones, días que se parecen demasiado entre sí. Detectarla a tiempo no requiere ser experto, pero sí mirar con algo más de atención y saber qué preguntar. En este artículo te proponemos cómo hacerlo y cómo ayudar sin tratar a tu familiar como si fuera un niño.
Estar solo no es lo mismo que sentirse solo
Hay personas mayores que viven solas y se sienten plenas, con su rutina, sus aficiones y una red que las sostiene. Y hay otras que viven acompañadas, incluso con su pareja o con un hijo, y sienten un vacío profundo porque nadie las escucha de verdad o porque han perdido los vínculos que daban sentido a su día. La soledad no deseada es esa vivencia subjetiva de que las relaciones que tienes no son las que necesitas.
Si quieres entender mejor esta diferencia, la explicamos con más detalle en el artículo sobre por qué puedes sentirte solo rodeado de gente. En las personas mayores, además, se suman factores propios de la etapa: la jubilación, la muerte de la pareja o de amigos, la marcha de los hijos, la pérdida de movilidad, problemas de audición o de vista que dificultan la conversación, o el cierre del bar o la tienda del barrio donde antes se hablaba con alguien.
Señales de que tu familiar puede estar sintiéndose solo
Rara vez alguien dirá «me siento solo» de forma directa. Lo habitual es que aparezcan cambios más sutiles que conviene no pasar por alto:
- Llamadas más largas o más frecuentes, o al revés, que deja de llamar y responde con monosílabos.
- Abandono de actividades que antes disfrutaba: el paseo, la partida, el centro de mayores, la parroquia, el huerto.
- Descuido en casa o en el aspecto personal: la nevera casi vacía, la ropa sin cambiar, la casa más desordenada de lo normal.
- Cambios en el sueño o el apetito, como dormir mucho durante el día o comer poco porque «para uno solo no merece la pena cocinar».
- La televisión encendida todo el día como única compañía.
- Comentarios de desánimo del tipo «ya no pinto nada», «para lo que me queda» o «nadie se acuerda de mí».
- Quejas físicas repetidas o visitas frecuentes al médico que, en parte, también son una forma de tener contacto con alguien.
Ninguna de estas señales por sí sola es concluyente, y algunas pueden tener una causa médica que conviene descartar. Lo importante es el conjunto y el cambio respecto a cómo era tu familiar antes.
Cómo preguntar sin que se cierre
Preguntar «¿te sientes solo?» suele provocar un «no» automático, porque para muchas personas de esa generación reconocer la soledad es casi reconocer un fracaso. Suele funcionar mejor ir a lo concreto: «¿Con quién has hablado esta semana?», «¿Qué has hecho el domingo?», «¿Echas de menos ir al centro?». Escucha más de lo que hablas y evita convertir la conversación en un interrogatorio o en una lista de tareas pendientes.
También ayuda validar lo que cuente sin correr a solucionarlo. Un «es normal que se te hagan largas las tardes desde que no está papá» abre más la puerta que un «pues tienes que salir más». Si te cuesta encontrar las palabras, te puede servir este artículo sobre qué decir y qué no a quien sufre.
Ayudar sin infantilizar
Uno de los errores más frecuentes, con la mejor intención, es decidir por la persona mayor: apuntarla a actividades sin preguntarle, hablarle con diminutivos, hablar de ella delante de ella como si no estuviera o hacerle todo para «que no se canse». Eso transmite el mensaje de que ya no es capaz, y puede empeorar la sensación de inutilidad que alimenta la soledad.
Algunas ideas para acompañar respetando su autonomía:
- Ofrece opciones, no órdenes: «He visto que en el centro cívico hay un taller de memoria y otro de pintura, ¿te apetece alguno?».
- Pide su ayuda y su opinión: una receta, un consejo, la historia de la familia. Sentirse útil es un antídoto potente.
- Crea rutinas de contacto previsibles, como una llamada fija o una comida semanal, en lugar de visitas esporádicas cuando te viene bien.
- Facilita sin imponer la tecnología: enseñar a hacer videollamadas con calma, sin prisas ni burlas, puede acercarle a los nietos y amigos.
- Implica a más personas de la familia para que la responsabilidad no recaiga siempre en la misma.
Si ya estás asumiendo buena parte del cuidado, cuida también de ti; en el artículo sobre la sobrecarga del cuidador de un padre mayor encontrarás señales de alerta y formas de repartir la carga.
Recursos de la comunidad que pueden sumar
Además de la familia, existen recursos que pueden ampliar la red de tu familiar. Los servicios sociales del ayuntamiento suelen ser la puerta de entrada para conocer qué hay en cada municipio: centros de mayores, programas de acompañamiento con voluntarios, comedores, actividades culturales o servicios de teleasistencia. El centro de salud también puede orientar, y en muchos barrios hay asociaciones, parroquias o entidades vecinales que organizan encuentros y paseos.
No todos los recursos encajan con todas las personas. A alguien muy reservado quizá no le apetezca una actividad grupal, pero sí recibir la visita de un voluntario o apuntarse a una actividad pequeña con un objetivo concreto. Merece la pena probar sin desanimarse si la primera opción no funciona. Si la soledad ha aparecido tras dejar de trabajar, puede ayudarte leer sobre cómo adaptarse a la jubilación cuando ya no hay agenda.
Cuándo puede ayudar un psicólogo
A veces la soledad se mezcla con un duelo que no termina de elaborarse, con un estado de ánimo bajo que se mantiene durante semanas o con una ansiedad que lleva a la persona a no querer salir de casa. En esos casos, el apoyo de un psicólogo puede marcar una diferencia: ayuda a poner nombre a lo que pasa, a recuperar actividades con sentido y a elaborar las pérdidas propias de esta etapa. La terapia online puede ser una opción si la movilidad es un problema, siempre que la persona se sienta cómoda con la tecnología o tenga a alguien que le ayude a conectarse. Y si notas cambios en la memoria o en la orientación, conviene consultarlo también con su médico.
Si en algún momento sientes que no puedes más o aparecen pensamientos de hacerte daño, llama al 024 (atención a la conducta suicida, gratuito y 24 h) o al 112 en caso de urgencia. Esto vale tanto para tu familiar como para ti si estás desbordado.
Si quieres orientación para acompañar a un familiar mayor en esta etapa, o es tu propia transición la que te pesa, en Viving puedes encontrar psicólogos especializados en transiciones del ciclo vital que trabajan la soledad, las pérdidas y los cambios del envejecimiento.