Hay quien se pasa la vida oyendo que le falta empatía y quien, en cambio, siente tanto lo que les pasa a los demás que termina el día agotado. Las dos experiencias tienen que ver con la misma capacidad, solo que en extremos distintos. La empatía es una de las habilidades más valoradas en las relaciones, pero también una de las peor entendidas: no consiste en sufrir con el otro ni en darle siempre la razón. En este artículo vemos qué es exactamente, cómo se entrena y cómo ejercerla sin quemarte por el camino.
Qué es la empatía y qué tipos existen
De forma sencilla, la empatía es la capacidad de comprender lo que otra persona siente y piensa, y de responder a ello de forma ajustada. Aunque solemos hablar de ella como algo único, en psicología se distinguen al menos tres dimensiones:
- Empatía cognitiva: entender la perspectiva del otro, saber qué piensa o por qué reacciona así, aunque tú no sientas lo mismo. Es «ponerse en sus zapatos» con la cabeza.
- Empatía emocional: resonar con lo que siente, notar en ti parte de su tristeza, su alegría o su nerviosismo.
- Empatía compasiva: además de entender y sentir, querer ayudar y hacer algo útil por esa persona.
Las tres son necesarias y se equilibran entre sí. Solo empatía cognitiva puede quedarse fría o incluso usarse para manipular. Solo empatía emocional puede desbordarte. La compasiva añade dirección: comprendo, siento y, desde ahí, actúo de manera que de verdad sirva.
Empatía no es simpatía ni darle la razón a todo
Se confunden a menudo. La simpatía es sentir pena por alguien desde fuera («qué mal, pobre»), mientras que la empatía intenta acercarse a cómo lo vive esa persona desde dentro. La primera a veces pone distancia sin querer; la segunda acompaña.
Tampoco es estar de acuerdo. Puedes entender por qué tu compañero está enfadado contigo y, aun así, pensar que no tiene razón. Comprender una emoción no obliga a aceptar una conducta. De hecho, la empatía bien entendida convive perfectamente con la asertividad: «Entiendo que te haya molestado, y yo lo veo de otra manera».
Cómo se entrena la empatía en la vida diaria
La empatía no es un don fijo: parte de ella depende del temperamento y de cómo te criaste, pero se puede desarrollar a cualquier edad. Algunas prácticas útiles:
- Escuchar sin preparar la respuesta. Gran parte de las conversaciones las pasamos pensando qué vamos a decir. Prueba a escuchar hasta el final y resumir lo que has entendido antes de opinar.
- Preguntar en vez de suponer. «¿Cómo te sentiste?» o «¿qué fue lo peor para ti?» abren más que «ya sé lo que es».
- Nombrar lo que percibes, con prudencia. «Te noto cansada, ¿es así?» permite que la otra persona corrija si te equivocas.
- Resistir el impulso de arreglar. Muchas veces la persona no quiere soluciones, quiere sentirse comprendida. Pregunta qué necesita.
- Salir de tu burbuja. Conversar con gente distinta a ti, leer novelas o ver historias desde otros puntos de vista amplía tu capacidad de imaginar vidas ajenas.
- Conocer tus propias emociones. Cuanto mejor reconoces lo que sientes, más fácil es reconocerlo en otros. Por eso la empatía forma parte de la inteligencia emocional, y a quien le cuesta identificar lo que siente, como ocurre en la alexitimia, también le suele costar leer a los demás.
Hay frases que, aunque bienintencionadas, cortan la empatía: «no es para tanto», «podría ser peor», «tienes que ser positivo». Si quieres profundizar en qué decir y qué evitar, te recomendamos este artículo sobre validar o invalidar a quien sufre.
El riesgo de agotarte: cuando sientes demasiado
Hay personas que no tienen un problema de falta de empatía, sino de exceso de empatía emocional sin freno. Absorben el estado de ánimo de quien tienen al lado, se llevan a casa los problemas de todos y les cuesta distinguir dónde termina lo que siente el otro y dónde empieza lo suyo. Es algo frecuente en personas muy sensibles, en profesiones de cuidado y en quienes crecieron pendientes del humor de los adultos.
Algunas señales de que la empatía se está volviendo una carga:
- Terminas las conversaciones agotado o con la sensación de haber cargado con algo que no es tuyo.
- Te cuesta decir que no porque sientes que la otra persona lo pasará mal.
- Tu estado de ánimo depende casi por completo de cómo están los demás.
- Sientes culpa cuando estás bien y alguien cercano no lo está.
- Te encargas de resolver problemas ajenos que nadie te ha pedido resolver.
Si te reconoces, quizá te interese leer sobre las personas altamente sensibles. Y si trabajas acompañando a otros, sobre el trauma vicario, que aparece cuando el dolor ajeno se acumula.
Empatía con límites: acompañar sin fusionarte
La clave está en pasar de «siento lo que sientes» a «comprendo lo que sientes y te acompaño desde mi sitio». Esto no te hace más frío; te permite estar presente sin hundirte. Algunas ideas:
- Recuerda que su emoción es suya. Puedes acompañar la tristeza de alguien sin tener que quitársela ni cargarla tú.
- Fíjate en tu cuerpo durante la conversación. Si notas que te tensas o te angustias mucho, respira, haz una pausa o reconduce.
- Ofrece lo que puedes dar, no lo que crees que deberías. A veces basta con escuchar un rato, sin estar disponible a todas horas.
- Pon límites con cariño. «Ahora no puedo hablar con calma, ¿te llamo mañana?» también es cuidar la relación. Si te cuesta, te puede servir este artículo sobre cómo poner límites sin culpa.
- Recarga. Reserva tiempo para actividades que te devuelvan a ti mismo: estar solo, moverte, descansar.
Cuándo puede ayudarte un psicólogo
Si te dicen a menudo que no te pones en el lugar de los demás y eso te está costando relaciones, o si, al contrario, sientes que vives para los demás y te has quedado sin energía, hablar con un profesional puede ayudarte. En terapia puedes trabajar la escucha, la regulación de tus propias emociones, los límites y el origen de patrones como la necesidad de agradar o el miedo al conflicto. Cuando la empatía excesiva va de la mano de necesitar la aprobación de otros para estar bien, también conviene explorar la dependencia emocional: en Viving encontrarás psicólogos especializados que pueden acompañarte a recuperar el equilibrio entre cuidar a otros y cuidarte a ti.