La palabra resiliencia se ha puesto de moda. Aparece en discursos de empresa, en tazas de desayuno y en publicaciones motivacionales que celebran a quien «nunca se rinde». En el camino se ha ido llenando de una idea equivocada: que ser resiliente es aguantarlo todo sin quejarse, no llorar, no pedir ayuda y salir de cualquier golpe más fuerte que antes. La resiliencia de verdad es bastante más humana. Tiene que ver con atravesar momentos difíciles, con sus días malos incluidos, y seguir encontrando la forma de vivir con sentido. Y, sobre todo, no es un rasgo con el que se nace o no: es algo que se cultiva.
Qué es (y qué no es) la resiliencia
En psicología, la resiliencia se entiende como la capacidad de adaptarse a la adversidad, el estrés o las pérdidas, y de recuperar un funcionamiento razonable en la vida después de ellas. No significa no sufrir. Una persona resiliente puede pasarlo muy mal tras un despido, una ruptura o una enfermedad; la diferencia está en que, con el tiempo y los apoyos necesarios, logra reorganizarse.
Algunas ideas que conviene desmontar:
- No es aguantar en silencio. Callarse el malestar suele aumentarlo y aislarte.
- No es ser positivo a toda costa. Negar lo que duele no lo hace desaparecer.
- No es salir «más fuerte» de todo. A veces sales distinto, con cicatrices, y eso también es adaptarse.
- No es individual. Depende mucho del entorno, de los recursos y de los vínculos que tengas.
El peligro de confundirla con dureza
Cuando la resiliencia se convierte en un mandato («tienes que ser fuerte»), se vuelve una carga más. Hay personas que, por haber sido siempre las que tiran del carro en su familia o su trabajo, sienten que no tienen derecho a derrumbarse. El resultado es que nadie les pregunta cómo están, porque se da por hecho que pueden con todo. Lo describimos en nuestro artículo sobre la frase «eres fuerte» y cómo deja sola a la gente.
Esa dureza también puede volverse contra ti. Si cada vez que sientes tristeza te reprochas «no ser lo bastante resiliente», añades culpa al dolor. La verdadera fortaleza incluye permitirte estar mal un tiempo.
Factores que ayudan a cultivarla
Desde la psicología se suelen señalar algunos factores que favorecen la adaptación ante la adversidad. Ninguno es mágico, y ninguno depende solo de la voluntad, pero todos se pueden fortalecer.
Vínculos de apoyo
Tener a alguien con quien hablar, que te escuche sin juzgar y que esté presente en los momentos duros es probablemente el factor más importante. No hace falta una red enorme: a veces basta una o dos relaciones de confianza. Cuidar esos vínculos en épocas tranquilas es una forma de prepararte para las difíciles.
Sentido y propósito
Saber qué te importa, qué valores quieres sostener o por quién te levantas cada mañana ayuda a orientarte cuando todo se tambalea. Ese sentido puede estar en tu familia, en tu trabajo, en una afición, en ayudar a otros o en tus creencias. Hay quien lo encuentra, por ejemplo, en el voluntariado.
Flexibilidad
Las personas que mejor se adaptan no son las que tienen un único plan, sino las que pueden ajustarlo cuando la realidad cambia. Flexibilidad es aceptar que algunas cosas no van a volver a ser como antes y buscar nuevas formas de conseguir lo que te importa. Si los cambios te generan mucho miedo, te puede servir leer sobre cómo adaptarte a una etapa nueva.
Cuidar lo básico
Dormir, comer con cierta regularidad, moverte y tener momentos de descanso parece obvio, pero en las crisis es lo primero que se pierde. Sostener esos mínimos da al cuerpo y a la mente una base desde la que afrontar lo demás.
Una forma más amable de hablarte
No se trata de repetirte frases positivas, sino de tratarte como tratarías a un amigo en tu misma situación: reconocer que es difícil, valorar lo que estás haciendo y no exigirte más de lo que puedes dar.
Ejemplos cotidianos de resiliencia
La resiliencia rara vez se parece a las historias épicas. Suele ser mucho más discreta:
- La persona que, tras una ruptura, se permite llorar varias semanas y poco a poco vuelve a quedar con sus amigos.
- Quien pierde su trabajo, pasa unos días hundido, pide ayuda para revisar su currículum y empieza a moverse.
- La madre que, agotada, reconoce que no puede con todo y pide a su familia que se reparta las tareas.
- El estudiante que suspende, se enfada, analiza qué falló y cambia su forma de estudiar.
En todos estos ejemplos hay malestar, hay días malos y hay apoyo de otros. Eso es resiliencia.
También ayuda saber qué suele entorpecerla: compararte con quien parece haberlo superado antes, ponerte plazos para «estar bien», aislarte para no molestar o refugiarte en frases hechas como «yo soy así», que cierran la puerta a cambiar. Nadie se adapta igual ni al mismo ritmo, y respetar tu propio proceso forma parte de cultivarla.
Pedir ayuda también es ser resiliente
Uno de los malentendidos más dañinos es pensar que acudir a un psicólogo significa que no has sido capaz de salir adelante por ti mismo. Es justo al revés: reconocer cuándo necesitas apoyo y buscarlo es una de las habilidades más resilientes que existen. Cuesta especialmente a quienes han aprendido que mostrarse vulnerable es debilidad; si te ocurre, te puede interesar nuestro artículo sobre por qué a muchos hombres les cuesta pedir ayuda, aunque lo que cuenta sirve para cualquiera.
Cuándo pedir ayuda profesional
Puede ser buen momento para consultar si llevas tiempo sintiendo que no levantas cabeza tras un golpe, si el malestar afecta a tu sueño, tu trabajo o tus relaciones, si te has aislado o si sientes que estás «aguantando» sin vivir. También si arrastras experiencias difíciles del pasado que siguen pesando. Un psicólogo puede ayudarte a identificar tus recursos, reforzarlos y construir otros nuevos, sin prometerte que no volverás a pasarlo mal, sino que tendrás más herramientas cuando ocurra.
Cultivar la resiliencia es un trabajo de largo recorrido, y no tienes por qué hacerlo solo. En Viving puedes encontrar psicólogos especializados en psicología clínica y sanitaria que te acompañen online en ese proceso.